jueves, 1 de febrero de 2018



2018 de desafíos...
Reapertura de la trastienda creativa de Mundo Pimp! a través de un grupo de mujeres interesadas en contar las historias que las pueblan y rodean. Si sos una de ellas y querés formar parte, completá el formulario y estás in!
Fomentamos las redes de mujeres y la construcción cooperativa. Mi granito de arena estará puesto en compartir disparadores, consignas, técnicas y todo aquello de lo que me sirvo para escribir y escribir.
https://goo.gl/forms/g2KS7kSr5z6SgErB3




martes, 15 de marzo de 2016

Escribir y concretar... cumpliendo sueños

Por agotar la primera edición que salió a la calle el 29 de noviembre de 2015... faltan poquísimos ejemplares por retirar que ya están encargados... los nuevos encargos ya serán de la nueva tirada!! Cuánto aprendizaje en este proyecto autogestivo que se las trajo y cómo!!! Por supuesto, vamos por más. Ya estamos trabajando, mis ángeles de carne y hueso y yo en dos cuentos nuevos (y los otros ángeles, también ;) )

martes, 24 de noviembre de 2015

Purple rain

Caminando por la vereda, con mi hija, de vuelta del cole a casa, encontramos en la esquina de otro colegio un lápiz violeta. Los que me conocen, ya lo saben y los que no, les cuento: es mi color preferido. Seriamente predilecto por sobre la paleta a puntos bastante insospechados.
No tenía identificación ni nombre; tampoco vi que se le cayera a nadie.
Como abogada –condición de la que ya decidí no librarme jamás- inmediatamente pensé “res nullius” que es algo así como “cosa de nadie”. Podría habérmelo quedado sin violar ninguna norma, digamos, porque para ese caso funciona aquello que podemos resumir así “el que lo encuentra se lo queda”.
Pero no. Por muy fuertes que fueran mis bajos instintos por conservarlo, fundados en esa necesidad “apropiativa” que cultivamos los humanos desde hace algunos años –y si rascamos un poco más los manuales de historia, quizá siglos- Esa necesidad del “mío” que no podemos hacer con los mares, los ríos, las montañas y nos sentimos un poco frustrados por ello. ¿Quién no ha fantaseado acaso con abrir la ventana del patio –propio, claro- y encontrar ese mar o río o montaña?
Entonces, lo segundo que se me ocurrió fue regalárselo a alguien que lo necesite más que yo y que mi hija y mi familia y mis amigos y… hay chicos que no tienen lápices para dibujar, quizá no tienen comida en la panza y yo acá reflexionando sobre el destino de una pinturita y mi solidaridad. Vino la hipocresía y me dio una bofetada. No quieras hacer la buena acción del día para ganarte el cielo con tan poco. No serás mejor persona por hacer algo de lo que no estás convencida. Así que, tampoco funcionó. No podía apropiarme de lo ajeno para ser mejor persona. Pensar que hay muchos que sí lo creen; Robin Hood, por ejemplo; aunque bueno –y ahí me sale la abogada defensora otra vez- mi representado, el Sr. Hood, robaba por necesidad y hambre de sus pares (hurto famélico… con vaselina) y además, el que le roba a un ladrón…
Entonces, ni bien me repuse del divague, hice lo correcto: se lo di a la portera del colegio diciendo –advirtiendo- que seguro el dueño lo iba a buscar allí. Si yo fuera la dueña de la pinturita violeta- pensé- jamás de los jamases jamaseños, dejaría de buscarla. Igual, a pesar de la sonrisa y las gracias desmedidas de quien recibió el lápiz en cuestión, no confié en ella ni un segundo. No creo que vaya a darle tanto a la lata mental y ética para decidir el destino del objeto.
¿Lo tiraría? PECADO. NO, LA VIOLETA NO. Quizá la verde, la naranja… pero la violeta no se tira. Probablemente termine en un cajón, perdida, aislada, sin poder dibujar ni pintar por largo tiempo. O en la cartuchera de cualquier niño, no dueño, no elegido ciertamente por mí que encontré el tesoro.
Bue, estaba a media asta, ya… -¡Quién le quita lo pintado!- me consolé.
Y, mientras caminábamos las últimas dos cuadras hasta casa, pensé en lo que había presenciado mi hija. Probablemente con esos ejemplos nunca sea una buena ladrona ni tenga la famosa viveza argentina a flor de piel. Mi papá hubiese hecho lo mismo que yo y con orgullo.
¿Y por qué estoy molesta entonces?
Creo que entendí que en esta como en tantas otras situaciones más en la vida, no hay UNA respuesta correcta (ouch!). Mucho menos una posible. Menos que más una entendible [¡¿por quién?!!!].
Quizá lo más atinado hubiera sido dársela a un dibujante para que la haga morder papel hasta sus últimos suspiros, o que la conservara mi hija para que se anote un poroto en el anecdotario de las cosas que nos encontramos en la calle o yo para inventar una historia más misteriosa y copada sobre ella.
O dejarla en el suelo, ahí mismito dónde estaba, con un horizonte más amplio que el cajón, bolsillo o cartera de la mujer de la portería.
Su suerte, como la de todos y todo, está echada [incluso antes de que yo me atreviera a encontrarla, recogerla y bue, el resto ya lo saben].

Ojalá que la pinturita violeta, de ese violeta perfecto a media asta ya, esté dibujando otra vez muy a pesar mío y de todos, por no poder saberlo a ciencia cierta. 

sábado, 30 de mayo de 2015

jueves, 21 de mayo de 2015

OÍD MORTALES EL GRITO SACADO


Tema recurrente por estos días: EL GRITO. Apareció en todos los rincones por los que anduve, presentado de mil maneras. Propio, ajeno, doloroso, resentido, de adultos, de niños, de maridos, de mujeres, de docentes… lejanos y cercanos… patriotas… de por aquí, de por allá. En charlas de café, por chat, en artículos escritos por autorizados pedagogos y por otros que simplemente se animan desde la propia vivencia.

“No ME grites”…, “ME gritaste…”,  “Perdón por haberTE gritado…”,  “No quiero gritarTE pero…”

Cuantas veces hemos escuchado –o dicho- algo así.

Y aclaro: mi computadora no tiene inconvenientes con la tecla de bloqueo de mayúscula, la que fue absolutamente adrede, porque lo que más me retumba en la cabeza al escribirlas, leerlas, escucharlas o decirlas es la manera en que todos nos apropiamos del actuar –y por ende, de la emoción/sentimiento- del otro y cómo vamos encajando y sublimando como hacen las piezas del “Tetris” –en caída directa e inexorable- sobre el tablero social que habitamos, tan arraigados al dúo inseparable “víctima y victimario”, siempre juntos, a pesar de todo, como Tom y Jerry.

El grito es agresivo, impulsivo, sanguíneo.

Aturde, estremece, confunde, marea, ensordece, molesta, bloquea, alerta.

Cualquier grito implica sacar a relucir las garras -o las guerras- que todos tenemos.

           Me pregunto entonces, desde este escepticismo que me ataca una vez cada tanto y me pica bastante ¿quién es, en serio, la verdadera “víctima” del grito?

Creo, y esto es casi autorreferencial, que quien grita acostumbradamente lo ha incorporado a su vida cual necesidad fisiológica, sin la cual -cree- no puede funcionar sin colapsar. Se convierte casi en un reflejo inmediato como estornudar o toser. Es una válvula de escape, a la vez que una trampa sin fin.

Con menor o mayor consciencia de ser un “gritón”, quienes sufrimos este hábito vicioso y viciado, no podemos desembarazarnos de esa reacción explosiva que se desata bruscamente, rompiendo cualquier clima de concordia, y tal como el increíble Hulk rompía su ropa, al retomar el hilo de lo que venía sucediendo en la vida –pre grito- quedamos absolutamente expuestos o, a un decir más mundano, “en bolas”. Desnudos de razones, de disculpas entendibles, de paz.

¡Culpable! – [me] grito-

Preguntada que fuera por las causas, diría que hay miles y miles de teorías y planteos, soluciones, sugerencias y recomendaciones.

Lo cierto es que cada uno tendrá que explorar sus propios motivos, buscar los caminos, los atajos y las soluciones.

(Acá tampoco hay recetas).

Pero si, de tanto leer y pensar, saqué algunas conclusiones que voy a compartir porque desde la UTCEG (Unión Transitoria Cibernauta de Empatía por los Gritones) me piden opinión y, autorizada o no, la mía es prácticamente un testimonio y tiene el sello de autenticidad y relevancia de la propia vivencia.

Nadie LE grita a nadie; aún cuando ambos interlocutores crean estar inmersos en la dicotomía gritón/gritado.

En verdad, el que grita, grita y punto.

Si nadie se apropiara de los gritos ajenos en ningún sentido y nos repitiéramos cual mantra “no los provoco, no los recibo, luego, no los tomo como algo personal”, el grito sería sólo un problema del que lo usa y padece, el “gritón”. Puede no gustarnos, elegir no escucharlos, no aguantarlos, descartarlos, pero nunca debemos tomarlo como lanza envenenada con rumbo al corazón, porque no lo es.

Yo, como gritona consuetudinaria –aunque en franca y voluntaria recuperación-, nunca pretendo con mi grito ofender al otro, mucho menos lastimarlo o dañarlo; sencillamente, exploto como el maíz pisingallo en el fuego, frente a una situación que se escapa de mi control (de mi autocontrol). Desde que logré entenderlo así, con esta simpleza, cuando grito se me activa la función [auto] aturdimiento, vivenciando lo que cualquier otro siente frente a ellos y me repliego sola con el efecto de la vibración del propio campanazo.  Esto, claro, después del desafío de ser mamá.

Y acá viene la parte más complicada de explicar[me]: tratándose de niños, también, contemos la verdad. Enseñémosles a no apropiarse de aquel actuar tan vehemente, agresivo y poco gentil de los adultos. Que no lo toleren, que no lo acepten, que no lo asimilen, que se esmeren por no reproducirlo… “Mamá/Papá/Otro adulto gritan y no está bien”. “No es tu problema y nunca lo será”  “No es una ofensa, es una pena que no podamos habituarnos a hablar diferente”. “Recordámelo cada vez que suceda si lo olvido”. “Aceptaré mi error siempre”. “Sé que cuando grito la estoy sonando”. “No grites, no me imites en esto que no es un lindo hábito”. Etcétera.

En mi caso, mi hija siempre fue un gran termostato de los niveles de audio permitidos a mi voz. Cuando me falla el autocontrol y tampoco funciona el inmediato autocorrectivo, ella me increpa con un “no me grites” y el antídoto es suficiente para replegar mis tropas y entender que ese momento, cualquiera de la vida cotidiana que herrumbra mi paciencia, no es el apropiado para descargar mi ira, mi frustración, mi ansiedad, mi cansancio (a veces, agotamiento), mis carencias, en fin, mis partes nada soleadas, que, además, poco tienen que ver con ese hecho concreto. Aunque no deba ser función ideal de un niño la de aplicarnos semejantes “correctivos”, es tiempo de decir de una vez y por todas -al menos yo necesito oírlo-, en detrimento de millones de editoriales que se escriben a diario acerca de la crianza de los más pequeños, que no podemos válidamente partir de la hipótesis de un adulto sin errores ni incoherencias. Es tiempo de sincerarnos y reconocernos como adultos con carencias, sombras, miedos, culpas, dolor…  Es hora de dejar de consumir y profesar la perfección materna/paterna como condición sine qua non para criar hijos porque eso es una injusta invitación hacia lo imposible y su lamentable consecuencia es el inexorable fracaso.

Probablemente, quien no tenga hijos no lo entienda aún.  

¡¿Cómo nos sentimos a diario tras ese cúmulo de información que recibimos acerca de como ser mejor y mejor y mejor como personas y como padres?! ¡¿Cuántas claves o tips debo conocer para ser el padre/madre perfecto?! Y, sobre todo, ¡¿Cuánto, irónicamente, me aleja ese desenfreno ansioso de consumidor compulsivo [de soluciones ajenas] de conectarme con mis fibras internas, mi propia fuente, mis instintos, en suma, la mejor versión de madre/padre que podré llegar a ser!?

Si, claro, lo pregunto gritando.

Me apena pensar que si hubiese tenido que despojarme del mal hábito del grito antes de ser mamá, probablemente ese ser maravilloso que es mi hija no estaría iluminando mi vida hoy.

Me consuelo: ¡de un mal hábito a la vez! [Si dejé de fumar, puedo dejar de gritar y si no puedo, me disculparé todas las veces que sea necesario por así sentirlo y lamentarlo, de verdad, cada vez].

Entonces, la ecuación sería algo así:

GRITO = RUIDO
Luego RUIDO ES SIEMPRE RUIDO.
Entonces RUIDO DE GRITO = EL PEOR RUIDO QUE [ME] CAUSO

Y claro, después de tanto ruido y chapoteando en el fondo de la “Caja de Pandora” suena a campanitas o flautas dulces, la ESPERANZA.

Entre el ruido y la música hay un sendero floreado y perfumado a la vera de una espesa sombra de añosos árboles que se llama ARMONÍA al que llegamos “los gritones” cuando registramos la áspera agonía de las cuerdas vocales, el dolor de cabeza que provoca el estallido a escasos centímetros del oído y, a la vez, el eco interno del grito, la resonancia, dónde cala hondo, dónde derrite icebergs, dónde dispara lava… allí, donde el grito se hace zumbido, para atenderlo, volverme uno con él y comprender sus raíces, sus ramas, su copa, sus frutos, para sufrir su sequía y así, lograr tal vez, que deje de aturdirnos. Por otro lado, si al escuchar un grito, la actitud es la misma que al escuchar un estruendoso ruido que aturde en vez de colocarnos en una actitud de ofensa personal y directa, probablemente también encontremos ese camino que conduce a la música que nos merecemos todos.

Ni gritados ni gritones… todos somos mestizos, mitad humanos, mitad divinos.



sábado, 9 de noviembre de 2013

Un cuento que no ganó: Voyeur de sueños.

Esta es una historia real. O al menos eso creí alguna vez.

Una noche de insomnio e involuntaria soledad, de esas que el mes de mayo riega con una humedad profusa y un calor atemporal, mirando a través de mi ventana vi de lejos, difusos, dos cuerpos acostados en el pasto de una plaza cercana.

Corrían en cámara lenta las horas avanzadas del ocaso, taponadas por nubes grises y humeantes con una luna repleta de agua, apagada, desganada y sin embargo perfecta en su redondez.

Luna haragana, agazapada detrás de una nebulosa viscosa y pálida.

Cuatro –quizá cinco- estrellas intermitentes y caprichosas se quejaban en el cielo como si les doliera su tiritar constante.

Y yo, sola, asomada a la ventana, inventando historias de anónimos personajes para no caer en el desconsuelo.

No tenía mucho para empezar: sólo la imagen pixelada de dos cuerpos casi estáticos coronados con la luz naranja de un cigarrillo que avisaba que ardía de bocanada en bocanada.

Lo primero que mi mente pudo fabricar, casi como un reflejo incontrolable de reminiscencia adolescente, fue la historia dramática de dos jóvenes e intrépidos amantes, ocultos en la negrura del desarraigo, combinada con las sombras de las farolas rotas por la conquista de vándalos y muy bajo presupuesto municipal. Tal vez ella había escapado de casa y se refugiaba, entonces, en los brazos cansados de su candidato no aceptado. Tal vez no.

Abandoné la idea sin rencores. Esa parecía una foto de otra época y ya no queda lugar en este nuevo milenio para “Capuletos” y “Montescos” que, por cierto, ya está algo devaluado por promesas incumplidas de viajes a otras galaxias y parientes marcianos, como para achacarle también la falta de romanticismo.

Quizá sólo eran amantes furtivos sedientos de sexo callejero y salvaje (¡!)…

Confieso que la idea sedujo mis instintos más animales por unos generosos cinco segundos… mi mente no estaba preparada esa noche para esa producción cargada de erotismo y desenfreno. Digamos, peras al olmo. O digamos que el único fuego en varias cuadras a la redonda que podía percibir era el incandescente cigarro de mis personajes misteriosos.

Imaginé entonces que se trataba de amigos.

Viejas almas pendencieras atascadas en cuerpos jóvenes, sedientos de nostalgia de estrellas quejosas y noches tristes y confundidas.
Compañeros de camino que compartían el último cigarro que les restaba y retozaban en el pasto fresco después de un intenso devenir de fastidiosos problemas cotidianos. Ambos, respirando profundamente el aire confundido de una plazoleta urbana, mezcla de oxígeno fresco y suspiros tóxicos de colectivos acatarrados.  Filosofando y soñando, tal vez, con otros tiempos que sin haber vivido, añoraban. Casi pude ver cómo dibujaban en el aire épocas de labios rojos carmesí y vestidos ajustados y femeninos, tacones altísimos, peinados prolijos, bien logrados, con esmero y dedicación, en franco contraste con las cinturas bajas de jeans endemoniados, las zapatillas desteñidas y el exceso innecesario de tatuajes y piercings.
Fuimos por un momento un trío de nostalgia y añoranza, casi un tango.

 Como una bofetada explosiva, un rapto de realidad acercó a mi mente una historia más verosímil: dos indigentes que compartían el espacio en la generosidad que germina justo donde la desposesión reina. Con historias asombrosas sobre sus espaldas cansadas y resquebrajadas por pernoctar en el frío cemento de los zaguanes abandonados, superpoblados de afiches de propaganda y mugre.
Por eso, esa noche sería especial. La plazoleta oscura les regalaría la intimidad necesaria; el pasto fresco y mullido, el lecho perfecto.

Un único cigarro como testigo luminoso de la carencia absoluta de riquezas materiales. Cercano al lugar, algunos ladridos aislados de un perro repleto de pulgas parecían dar mayor veracidad a esa historia que se alojaba cómoda y confiada en las antípodas de aquellas primeras imágenes de amorío y fuga.

Me sentí acobardada y vencida frente a mis pobres ganas de desafiar mi pereza y saciar mi curiosidad, bajando a la realidad para confirmar alguna de mis versiones o sorprenderme con una nueva que se revelara con una foto más cercana y nítida.

Mi curiosidad y mi abulia abandonaron mi cuerpo para trabarse en lucha y al cabo de unos minutos, volvieron a mí con una amnistía fundada en un confeso empate técnico: conservaría la intriga que espabilaba mi imaginación y la sacaba a trotar sólo hasta que el alba echara luz sobre el misterio.

Hice un último y fallido intento visual para cumplir con los requerimientos de mi ansiedad y nada: aún forzando la vista hasta que ardieron mis ojos, no pude ver más que un par de siluetas recortadas y superpuestas de color negro noche sobre más negrura nocturna de un ocaso cerrado con una mísera luna opaca y pocas estrellas convalecientes.

Mis esperanzas terminaron de ahogarse en el último suspiro del cigarrillo que matando de improviso a las cenizas incandescentes se esfumó para siempre en el espacio. La mole humana que yacía en la plazoleta desparramada sobre el pasto se tornaba cada vez más indefinida y quieta como negándose a que la descubriera.

Suspiré largo y me regocijé en el tratado de paz firmado en mi mente: esperaría al amanecer.

Luego, la invasión de los temidos –y nunca invitados- imponderables.

Supongo que en algún momento abandoné la guardia vencida por el inoportuno y burlón sueño y mis ojos se desplomaron sobre una nube de almohadas. Calculo que un apagón de luz desconectó mi despertador eléctrico programado a horario tempestivo. Creo que el insomnio de catálogo no está diseñado para ser ameno ni entretenido: en cuanto amaga con serlo, perece súbito, el muy cretino.

 Desperté con el ruido histérico del despertador de mi vecino y al advertir mi falta, erguí la cabeza desesperada buscando la ventana como si la hubiese perdido en sueños.

La misma plaza, iluminada ahora con el alba, coronada con los bostezos de peatones tempraneros que la recorrían apesadumbrados.

Allí, exactamente en el lugar donde habían reposado las siluetas capciosas y escurridizas, no había ya nada más que un barredero vestido con un traje fosforescente  y su escobillón de acero, barriendo sin ganas las primeras hojas del otoño.

Sentí el estruendo de las carcajadas de todos -los amantes, los amigos y los indigentes- que desde algún lugar de mi imaginación o escondidos detrás de los árboles y las estatuas, complotados cruelmente con el barrendero y los transeúntes, se burlaban de esta pobre servidora que les había regalado la mente como escenario.

 Confirmé la infamia más tarde, cuando el portero me interceptó en el palier para pasarme el acostumbrado parte diario de chismes y habladurías. Desde hacía mucho tiempo, me había programado para no escucharlo y por eso no puedo revelar la totalidad de sus dichos pero una frase final con la que remató su relato, me hizo pensar que él también era cómplice y yo una pobre víctima merced del divertimento de todos ellos.

Dijo, después de una pausa larga cargada de doble intención para captar mi plena atención a sabiendas de mi intachable cordialidad y buena educación:
“…En conclusión, de lo de anoche, qué fue verdad y qué fue mentira… eso, nunca lo vamos a terminar de saber…”.
  




viernes, 13 de septiembre de 2013

miércoles, 14 de agosto de 2013

"El corazón a Dios y las manos al trabajo"

La semana pasada fue de esas intensas,bisagra, que quedarán para siempre individualizadas en el recuerdo, desmenuzadas, día a día, escrutadas y recordadas… ¿Qué estabas haciendo vos exactamente cuando…? 

Explotó un edificio en Rosario por una negligencia compartida entre varios y murieron 21 personas, muchas resultaron heridas y muchas más desposeídas y desalojadas a la fuerza de su hogar: “con lo puesto”. Sentí la explosión –vivo a 10 cuadras aproximadamente- y me estremecí. Sabía que algo horrible había sucedido porque el tipo de estruendo se había incrustado en mi memoria auditiva cuando hace poco más de un año atrás explotó a dos cuadras de mi departamento la caldera de una lavandería (aquella vez, sin víctimas humanas que lamentar). Estaba a punto de salir para llevar a mi hija de mi mamá y dejar la casa en silencio para que mi marido pudiera estudiar tranquilo ya que estaba preparando sus últimos finales de la carrera de Contador (se recibió en viernes de esa semana, después de un esfuerzo personal y familiar increíble, otro motivo para no olvidarla). Le dije a mi marido que algo feo había pasado; en el portal de un diario conocido de la ciudad salió casi inmediatamente la noticia, germinal e imprecisa “Explotó una caldera en Salta y Oroño”… Aunque estremecedora, nada anunciaba el horror en el que la ciudad entera, cada rosarino del planeta y especialmente los vecinos inmediatos de la zona, nos veríamos envueltos los instantes, las horas, los días siguientes al llamado minuto cero.

 A medida que transcurría el tiempo, la noticia empezaba a oscurecerse y el miedo crecía… Lo inmediato fue llamar a mi prima que vive a escasas dos cuadras del lugar de la tragedia y me costó comunicarme, hasta que lo hice: nadie estaba en la casa en ese momento (luego supimos que vaya uno a saber que leyes de la física actuaron para que no resulte afectada). Recorrí con mi mente rápidamente si ese lugar quedaba cerca de algún lugar en dónde alguno de mis afectos podía estar… nada.

 De hecho, hoy puedo decir que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas ni de sus familias, sólo referencias remotas… una de ellas era ex alumna de mi queridísimo colegio “ Misericordia” que me vió crecer (no reconocí su rostro, aunque fuera sólo un año más chica que yo y pese a mis esfuerzos mentales… ella fue la última víctima que encontraron, de la que se creyó en algún momento que podía estar viva y desorientada deambulando por la ciudad); otra, pariente lejana de una de mis mejores amigas…

 Cuando nadie creía que el panorama podía ser aún peor, el sábado hubo otra tragedia producto de la negligencia: en el parque más grande y bello de la ciudad, uno de los canastos de la rueda gigante se desprendió trayéndonos más muerte, horror y angustia.

 Ahora pienso que el parque de diversiones era casi lo único abierto y funcionando ese sábado cuando la ciudad entera estaba “cerrada” a la alegría y a los festejos (la actividad nocturna de boliches y restorantes estuvo restringida o funcionando muy limitadamente, por decisión de los propios empresarios del rubro, se suspendieron los espectáculos programados, etc.), y la desgracia lo envolvió y vistió de negro, cobrándose la vida de dos niñas. Otra vez el desamor y la falta de compromiso de personas que se resisten a hacer las cosas bien como protagonista y causante.

 Esta vez tampoco la desgracia tocó a mis afectos. Digamos entonces que soy afortunadamente una de las menos afectadas de la ciudad. Aún así, estoy invadida por una sensación de tristeza, impotencia y miedo…
Y noto que todos los rosarinos sentimos lo mismo. Suspiramos más, tenemos los ojos más tristes… hacemos silencios largos entre las frases que decimos cuando comentamos el tema, nadie puede hablar del tema de corrido y a la ligera, todos tenemos un nudo en la garganta y un pesar en el alma que nos hermana: la ciudad está real y sentidamente de luto; callada en su angustia, sufriendo.

 No pude pasar por el lugar ni quise…

 Para el que no conoce Rosario, basta con decir que es uno de los paseos más hermosos y elegidos por todos nosotros, los rosarinos, que los fines de semana solíamos deambular alegre y despreocupadamente por allí con niños, bicis y mascotas, aprovechando los beneficios de una ordenanza municipal que convierte la calle en peatonal bajo el lema “No pases con el auto, pasá vos” y nos permite unir el parque Independencia con el río Paraná, a través de nuestro querido y emblemático Boulevard Oroño.

 Va a ser duro recorrer esos lugares de acá en más... la ciudad recibió las punzadas en sus órganos más vitales.

 Entonces, ayudé con el silencio que pedían para que funcionara mejor un aparato super tecnológico de detección de movimiento entre los escombros y me comprometí a depositar algo de dinero en una de las cuentas abiertas… Casi nada comparado con lo que hicieron rescatistas, bomberos y otros voluntarios que le regalaron su vida a esa cuadra por una semana entera, esta vez.
 Recordé por ellos el lema de la fundadora de la congregación encargada allá por el 1800 de recoger niñas y adolescentes desamparadas y darles un hogar y un propósito, las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Josefa María Rosello: “El corazón a Dios y las manos al trabajo” y entendí en el esfuerzo de esos seres especiales la fuerza exacta y simple de su literalidad.

 Todo pasó un martes 6 de agosto de 2013… al lunes siguiente, las sirenas anunciaban que terminaba la labor de búsqueda y comenzaba una nueva etapa: la reconstrucción, bendiciéndola con las lágrimas de todos los que participaron en las tareas de rescate. A partir de ahora, cada uno tendrá que “recoger” sus propios escombros y construir a partir de eso, acompañándonos todos en nuestras respectivas soledades, con el corazón elevado a la divinidad de la creación y las manos dispuestas, creativas y laboriosas.

miércoles, 24 de julio de 2013

Días atrás me topé con esta sección de una revista de modas (una de esas que me encontré por ahí y comencé a pasar sus hojas, casi para entretener las manos más que los ojos hasta que zas! un título curioso)... "Las cosas que no le contás a nadie", esos secretos que uno comparte con uno mismo, tal vez sean esas pequeñas miserias las que nos recuerdan que somos seres imperfectos (gracias a Dios)... No creí que ninguno de los publicados fueran secretos verdaderos de gente verdadera... hubiese sido más divertido pero la idea de que se pueda compartir con miles de personas los secretos y que al mismo tiempo nadie se entere me pareció interesante. Pensé en mis propios secretos... no tengo tantos ni tan graves... (boring?). Sí quiero compartir (de los compartibles sin gozar del beneficio de la clandestinidad, ja!) uno muy divertido (por ser piadosa con mi humanidad): HABLO SOLA (oh!) y a no confundir con pensar en voz alta... El "mute" a los pensamientos se lo saca cualquiera con una leve necesidad de desintoxicar "la terraza". Ponerle voz a la vocesita incesante que nos acompaña todo el día, es cosa de todos y no de locos como suele decirse. Yo estoy hablando de otra cosa. Esto es, generar diálogos ricos con personajes diferentes que tienen cosas para decir (a veces en nuestro idioma, a veces no), que se entrelazan, que meditan, que se pelean, que se aman y se suplican... casi casi como un guión al dente, listo para ser consumido inmediatamente, efímero, que se esfuma y se olvida ni bien las notas gruesas de la voz tocan el oxígeno del aire y caen en un olvido anónimo, incapaces de ser rescatados o recordados... Y pienso, entonces, de repente: que no escriba no quiere decir que no esté redactando permanentemente, como una trovadora de plaza en plaza, de pueblo en pueblo... el guión que flota alrededor de mi existencia, invisible, agazapado, olvidado, esperando para dar el gran golpe y apoderarse de mis ganas, de mi tiempo, de mi pluma, de mi arrojo... ;)

lunes, 15 de julio de 2013

Alquimia... hoy decidí hacer un poco de eso con mis temores y dudas... vivir las emociones, no barrerlas bajo la alfombra. Animarse a ser dejando de hacer... simplemente dejando de hacer.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

EMPIEZA CON FE...

Debemos escuchar esto millones de veces de millones de bocas amigas que pretenden animarnos.
No es cierto. NO LO ES.
Sinceremos la cuestión. Basta del concepto absoluto de la felicidad como una bolsa repleta de salud y amor.
La felicidad es la zanahoria delante de la nariz de todos atada con un lazo invisible al dedo de un titiritero anónimo y caprichoso.
Si algún día nos sentimos mal, así estamos; no hay familia, amor, amigos, salud ni cristo que pueda consolarnos salvo que alguien nos resuelva el problema concreto que nos aqueja en el instante que lo tenemos. Ejemplo de lujo: LA GUITA, esto es, si no tenemos un mango partido a la mitad y nos vienen con la cantarela de que eso no importa, que tenemos una buena pareja, salvo que podamos llenar la billetera con esa bondad enorme y pagar la factura de la luz con ello, en el preciso momento en que nos agobia el pensamiento de la “no plata – corte de luz” podemos ser los seres humanos más amados del planeta y aún así vamos a tener ese pesar. Y pesar, pesa.
Basta de hipocresía!!!!!
La persona que desde su fortuna nos dice que tenemos “tanto para ser felices que ella no tiene” no debe hacernos sentir culpables... Es obvio que no queremos plata a costa de que tu vieja se vaya a tocar el arpa; queremos plata porque es lo único que no tenemos. El resto que se quede como está y además QUEREMOS PLATA.
Otro “ejémplico”: si se nos rompió el auto en medio de una avenida transitada y maldecimos al mundo por ese hecho no significa que en ese momento estemos dispuestos a canjear todo lo que tenemos de bueno en la vida por un auto que funcione. Queremos todo lo que tenemos y ADEMÁS que nos funcione el auto.
¿Quién dijo que hay que pedir poco? ¿Dónde está esa norma ridícula que obliga a conformarnos? QUEREMOS TODO LO QUE QUEREMOS Y PUNTO; PODEMOS ENOJARNOS SI NO LO TENEMOS CUANDO LO QUEREMOS. ¡¿POR QUÉ NO?!!
Entiendan, pseudo envidiosos disfrazados de gente que sabe "valorar la vida": PROTESTAMOS POR LO QUE NO TENEMOS Y SI ESA ES UNA PAVADA, EL PROBLEMA ES NUESTRO POR SER ASÍ DE AFORTUNADOS... SON NUESTRAS PAVADAS, SON NUESTROS PROBLEMAS Y TENEMOS EL DERECHO A VERLOS TAN GRANDES COMO EL AGUJERO DE OZONO.
GRACIAS A LA CULPA, LA HUMANIDAD ENTERA CAMINÓ POR SENDEROS PELIGROSOS. Pero esta es harina de otro costal y merece punto aparte, otro día.
¿Entonces, podemos quejarnos y maldecir en voz alta? Claro que sí!! No hay ninguna fuerza cósmica dispuesta a aniquilarnos junto a todos nuestros logros si lo hacemos. Es más, probablemente si los reprimimos seguramente nos va a dar una pataleta al hígado o una urticaria y perderíamos -al menos en parte- algo que hoy no es un problema, la salud.
Entonces, avanti con la queja porque a nadie le importa construir en el momento de quejarse sino patalear un poco, sacar la bronca, escupir aún mojándonos la cara, liberar la frustración por pequeña que sea. En fin, sacudirse el barro para seguir más limpios y livianos.
Los pequeños problemas cotidianos están subvalorados en cuanto a su dimensión (casi científico lo mío, ahhhhhhhhh); y lo cierto es que nos causan más dolor de cabeza que los grandes problemas porque estos últimos generalmente vienen acompañados de una energía extra para afrontarlos que no tenemos para los pesares pequeños y diarios.
Es frecuente decir o escuchar: "...no sé como hice aquella vez, saqué fuerzas de donde no tenía..."
Los pequeños bretes de la semana no vienen con ese plus. Y no digan que el consuelo de muchos es de tontos!!!! Es lo que nos queda, en estos casos.
Tengo todo para ser feliz y aún así... PUEDO QUEJARME DE MIS PESARES PORQUE A) LA FELICIDAD EN SÍ MISMA COMO ESTADO ABSOLUTO NO EXISTE SALVO QUE ESTEMOS BAJO EL EFECTO DE UN PSICOFÁRMACO QUE LO CAUSE y B) “TODO” ES DEMASIADO ABARCATIVO, TANTO QUE SE DILUYE EN SU PROPIO JUGO.
He dicho.

PACIENCIA?

Eso. La paciencia.
Ojalá se tratara de una fruta lista para llevársela de cualquier verdulería y pudiéramos hacer jugo de paciencia, té de paciencia y paciencia con manteca.
Pero no. Dicen los que saben –al menos un poco más que yo que no sé si es tanto- que es una virtud de la que gozan unos pocos. El resto somos ansiosos recalcitrantes subidos a la veloz calesita de la vida actual.
Yo creo que se cultiva aunque no es precisamente una semilla. Cultivar, en este caso, como sinónimo de “masticar”, esto es, después de haber masticado lentamente muchas esperas y colas en reparticiones públicas la paciencia brota a la fuerza como exprimida de la amargura y la bronca acumulada y contenida.
Algo así como una trasmutación de la bronca y ansiedad a la que definitivamente las indefinidas esperas le ganan por cansancio. Así, la rabia se suicida y su espíritu se eleva deviniendo en paciencia.
Es un proceso complejo.
Hay que ver la globalidad de la situación: postura corporal, expresión facial y motivación del ser que sirve de “vasija” de la transmutación de la que hablo.
Lo más llamativo es el contraste de los transmutados con los que recién asoman del huevo y ven un mundo repleto de papeles, burocracia y malos tragos.
Hoy me dijeron –aún cuando no pedí explicación alguna como desde hace años no lo hago- “hay que tener paciencia”. La antesala de semejante provocación fue una cola de media hora para encontrarme con la nada misma por la demora consuetudinaria a la que se han acostumbrado las oficinas.
YA NADIE TRABAJA EN TIEMPO Y FORMA. TODO SE DEMORA.
La demora así crece en escalada e inversamente proporcional con la paciencia porque, seamos honestos, los espíritus transmutados son pocos.
El transmutado es un ser de cuero duro, con un rostro inexpresivo ab inicio pero con una sonrisa borrosa y sínica que parece querer escaparse permanentemente pero es contenida SIEMPRE, de manera inteligente, sosteniendo estoicamente el estandarte cuyo lema es “ya nada me importa un comino”. Su postura corporal es laxa, como chorreada sobre el acostumbrado mármol de los edificios públicos, pareciendo especialmente sensibles a la fuerza de gravedad que los empuja al suelo aunque nunca caen. A lo sumo, los más experimentados se sientan en algún banco libre –en las rarísimas ocasiones en que encuentran alguno-
No tiene necesidad de ejercer fuerza o violencia sobre el resto de los “colígenas” (dícese de la persona que hace cola o fila) porque su desprecio por el trámite deja una estela invisible que genera distancia y nadie –NADIE- se atrevería a colársele a un transmutado. Son de temer. Esa calma perversa frente a las peores provocaciones de las que sólo son capaces los empleados públicos o -y debo agregarlo para ser franca conmigo misma y con uds.- la comunidad de empleados si bien privados, de entes o asociaciones sin fines de lucro. Y en esto, si bien no hay armonía ni en doctrina ni en jurisprudencia, a mi humilde entender son una subespecie mejorada –pero de ninguna manera eficiente- de los empleados públicos propiamente dichos.
El transmutado no tiene nada que perder porque nada le importa. Entonces no tiene motivación alguna: sigue allí por la inercia propia de estar pero entiéndase NO LE IMPORTA UN RÁBANO. Podría no estar ahí y sería lo mismo. Eso acobarda la negligencia e ineficacia de estos empleados que se rinden a sus pies aún para decirle “no está listo, venga otro día”.
Son, así, de paciencia germinal. Les sale naturalmente y desafían al más burócrata, vago e ineficiente empleado que no puede ni soñar con atentar ese temple inmutable e infranqueable de los transmutados.
Yo, que todavía lucho por no ser una transmutada y continuar sintiendo emociones fuertes aún cuando de bronca e impotencia se trate, hoy miré a la pusilánime que se esconde detrás de aquel mostrador alto de la recepción de una oficina de las descriptas y casi la fulmino sin emitir palabra, dejándola hablar sola, sin festejar lo que pretendió ser un mal chiste –ni siquiera tuvo esa categoría-
“Hay que tener paciencia”; después de esperar que antes de atenderme a mí –y después de atender a un par delante mío- se vaya deliberadamente y sin pedir permiso ni dar disculpas a la trastienda por más de media hora formándose a mis espaldas una larga fila de “suspiradores” compulsivos, bufadores, puteadores y otras especies varias de los no transmutados para volver y decirme que mi trámite que debería haber estado listo días atrás, se encuentra en “Veremos y cortada del olvido” y seguirá así hasta quién sabe cuándo para rematarla con semejante frasecita poco feliz.
Debería haberle dicho “no quiero tener paciencia ni convertirme en un transmutado más y a vos tampoco te conviene porque si todos fuésemos transmutados tu cinismo carecería de sentido y te extinguirías” pero no me hubiese entendido ni una palabra. Entonces callé, una vez más, con la esperanza de que mi límite de rabieta no traspase lo tolerable para no transmutar y devenir en un fantasmagórico portador de paciencia.
Después de todo mi calaña es la de los no transmutados que albergan esperanzas mínimas de un mundo sin empleados públicos pura raza.
He dicho.

MENOS TEORÍA Y "GOOD SHOW!"

Es casi una especie de “rum rum” subyacente a los ruidos de la ciudad, o una leyenda urbana, profecía o como quieran llamarlo: eso que se repite y salta de boca en boca inescrupuloso, eso de que se avecinan tiempos en los que sólo sobrevivirán los espíritus elevados, seres superiores de verdad. Así, dicen “los que saben” que más allá de la riqueza material que se ostente sólo se salvarán aquellos que logren “elevarse”.
El planteo es “masomenos” ese y las interpretaciones son muchísimas y confusas así que me propuse hoy lunes –no sé por qué, casi accidentalmente diría- mantenerme lúcida y simple al respecto (mamma mía, en qué me he metido!)
Una persona como yo y como miles más, que se levanta a la mañana temprano, sale al mundo para procurarse los recursos “masomenos” básicos –corrijo y digo que con una visión que escapa del ombligo son mucho más que básicos aunque no de grandes lujos- y en ese contexto tiene familia, afectos, horarios, deberes, cuentas, peleas domésticas y un sin fin de cotidianeidades que succionan el tiempo y así pasan los días, las semanas, los meses; todos ellos en fila india hasta el “gran final” que por una cuestión de costumbre mental más que de realidad se ve lejos, muy lejos, allá en el monte de los cabellos plateados y un par de mocosos llamados nietos revolucionando la escala de prioridades y modales.
Así y todo, trata de meditar, reflexionar, hacer “algo más” por ella y por el mundo; aportar “el grano de arena personal”. El tema es que todavía muchos no sabemos a ciencia cierta cuál es ese aporte que hace la diferencia.
Entonces, esa persona como vos o como yo, como puede, lee, se informa, trata de ver más anchamente, intenta no prejuzgar y lee, lee, lee.
Es de las personas que tienen varias casillas de mail y varios teléfonos y más: la comunicación casi permanente es parte de su vida, la información incesante también.
Aún cuando le rogó más de una vez a sus contactos que no le reenvíen estupideces masivas, le siguen llegando entre 15 y 20 mails por día en promedio, más el chat, los textos que le recomiendan en soporte papel y otras yerbas.
De esos mails que le llegan –confiesa- lee la mitad y borra sin mirar aquellos cuyos remitentes han desobedecido su pedido una y mil veces y están dentro de su categoría interna de “cibernautas compulsivos incurables”. Igual los sigue queriendo.
Los que lee, en general, tienen que ver con el tema que nos ocupa: “vivir mejor” “elevarse” “hacer la diferencia” y por qué no “salvarse”.
Una infinidad de mensajes entre inentendibles y esotéricos que en determinados momentos la enfurecen y en determinados otros le calan hondo como verdad absoluta entre verdades.
Hoy está harta. Como yo y como vos.
Quiere vivir más libre de conceptos, chirimbolos, pautas y mensajes: pintar la casa del color que le guste, que la vela que le prende a su santito cumplidor sea del color y aroma que tenga ganas en el momento en que le provoque hacerlo, que las cosas que la rodean sean aquellas que le encantan… libre completamente de pesares sobre la conciencia tales como que “ese color o esa ubicación son poco propicios para su bienestar”, “eso que hacés es superfluo”, “aquello que te compraste no es necesario”, “tomá mucha agua o las toxinas se apoderarán de tu cuerpo” “no te enfades ni insultes, respira” entre otras miles de “máximas” más…
¿CUANTO HAY QUE SABER??????? ¿CUANTO DATO HAY QUE INCORPORAR?????
Desmitifiquemos por favor: de la misma manera que no es cierto que la naturaleza SIEMPRE conecte con lo más sagrado del alma, esto es, no se baja abruptamente a la categoría de los que “no tienen posibilidades de ser salvados” porque el viento malhumore y despeine y/o el pasto húmedo incomode al punto de detestar sentarte sobre él. La vida al aire libre no cura todas las heridas de todos: cada cual sabrá cuál es su propio bálsamo. De la misma manera que cada cual sabe como no constiparse. Así de básico.
¿Acaso toda la información con la que contamos no son conceptos de personas que aún cuando fuera con la mejor voluntad del mundo teorizaron sobre su propio bienestar transformando sus cotidianeidades en reglas absolutas?
¿Por qué debemos seguir las huellas de tal o cual? ¿Acaso no es cierto que cada uno es único e irrepetible? ¿Eso no convierte el camino personal en único e irrepetible?
Si esas reglas fueran condición sine qua non para la “salvación” y/o “elevación”, acaso quien no tiene acceso a esa “vital” información y no conoce nada de lo que circula como palabra sagrada es a priori excluido de la lista de “sobrevivientes” para los tiempos que se avecinan.
Aquellos tatarabuelos que no sabía leer ni escribir y desconocían por completo esta masa de dato amorfa y demandante ¿no se salvaron? ¿no se elevaron? ¿pasaron por el mundo “sin pena ni gloria”?
Me resisto a ser tan soberbia y quiero decir con orgullo: no sé casi nada de nada. La mayoría de lo que leí o estudié gracias a mi caprichosa memoria flota en un limbo ininteligible al que no tengo acceso –voluntario al menos- y aún así creo que tengo la posibilidad concreta de hacer la diferencia y trascender. Igual que los tatarabuelos y que el croto de la esquina: todos en la misma línea de partida, con posibilidades aunque no certezas. Todo lo que comí, estudié o me abrigué no sirve para eso que pasa por otro lado. Por otro lado.
Tal vez a vos tampoco te sirva.

Entonces: Bull Shit! –creo que dicen los vecinos del país del norte; “Mierda – carajo” nuestra compatriota de los almuerzos famosos.
Es obvio que la solución es más simple y de la misma manera que eso que en definitiva todos buscamos no se canjea por dinero ni poder tampoco por conocimiento ni información.
LES Y ME PROPONGO: DEJEMOS DE TEORIZAR Y VIVAMOS VIVIENDO, PROBANDO, INTENTANDO.
He dicho.

sábado, 23 de abril de 2011

Suelto en hoja suelta como el mar...

Las primeras gotas de lluvia cayendo sobre la arena, esas lágrimas del cielo, regordetas, contundentes, venciendo la resistencia de los secos granos de arena agrupados que se vencen y se ahuecan a su paso, me recuerdan a mis sueños.

Las que caen más allá se vuelven saladas besando el mar y las de más acá se confunden con mis lágrimas.

El barco partió y el muelle quedó despoblado, con sus maderas crujientes desperezándose, recibiendo la primera lluvia de primavera.

No lloro porque se van, lloro porque no se quedan a esperarme un poco más.

La playa los extraña y enmudece ante su ausencia.

Me deleito con la imagen de ellos navegando otros mares, más allá de la línea recortada del horizonte, más allá de lo que ven mis ojos mortales… y de a ratos los extraño con el pecho punzado.

Quiero ir hacia ellos pero me amarro a mi orilla…

Algún día, algún día.

Mi barco está atado a la costa, sus sogas muerden los postes que lo sostienen y los corroen para escapar.
Mientras tanto, me siento y escribo estas líneas para documentar mi cadencia.

Cuando el mundo gira muy rápido simplemente respiro, trago, me estremezco, pestaneo, huelo… no me bajo de él, lo sobrevuelo y desde lo alto, allá voy!!!

Entonces todo sabe a sándalo fresco, incluso su ausencia.
Me siento gigante, muy gigante, casi como una madre cuidando a sus críos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Importante

No sé si a todos les pasará así pero muchas veces sucede que una palabra, una pregunta, una expresión queda haciéndome ruido en la conciencia hasta que se apelotonan en mis dedos algunos intentos de respuesta.
Así fue con mi amigo y su pregunta: ¿qué es lo importante?

Importante es quien navega a ciegas en mis mares de vaivenes y deseos contrapuestos que se chocan y hacen chispas.
Y de vuelta, qué es lo importante?
Mis seres queridos bien... pero no tan cerca (suena antipático pero es sincero); tal vez lo sea la sola conciencia del ser amado sin tanta práctica que me atonte. Sin tanto evento, sin tantas "sociales".

La jardinería? La pintura? La escritura? La cocina?

Sin dudas me encanta el viento y mi mente susurrándole al papel, eso que se resume en un "ser escribiente" sin aspiraciones ni presiones.
Sin ser buena ni mala... escribir para mí y por mí... compartirlo desde la generosidad y no desde el ego.

La soledad...
Aquella elegida, a sabiendas de la existencia de buena compañía; aquella aleatoria, voluntaria, nunca condena, siempre paseo: la soledad como postre.

Y de vuelta, qué es lo importante?
Él... desde hace mil renglones atrás, su nombre como un eco que acuna y contiene.
A veces pienso que nada más que él.

Y luego...
La playa como cómplice, como aquellos lugares donde puedo hablar con Dios, conmigo, con todos y a la vez con nadie.
La noche y el ladrido de un perro sólo... mis llamadores de ángeles al compás de la brisa. Las mañanas cálidas que derriten a los monstruos noctámbulos o los convierten en veladores.

Nuevamente, qué es lo importante?
Me siento levemente obligada a decir el dinero o -para que no suene horrible-la prosperidad porque no me gusta la escasez o le temo o me sienta mejor la abundancia. Algo así como eso: "déme dos".

Pero, importante?
El tiempo que pasa y nos saca la lengua: ayer era importante lograr mi título hoy, tal vez, encontrar un lugar limpio y seco donde guardarlo.
A veces pienso que revolcada en el fango, bien ensalzada, el horizonte tiende a aplanarse y ser más claro. Igual, no prefiero el fango ni para mí ni para nadie... y qué si no se ve claro? "Por lo que hay que ver" -diría mi vieja-

Lo importante? No more losts... por un tiempo, que mi almita aún no se recupera.

Importante es mucho y a veces nada.

martes, 13 de julio de 2010

El gigante y yo...

Más imponente que ver a un gigante dormido es verlo despertar.
Contemplar con los labios temblorosos y los brazos llenos de inquietud a ese enorme ser desperezándose y encarando un nuevo día, una nueva vida.
Así fue.
De pronto miré el horizonte con ojos más atentos y no me costó en absoluto ver la silueta del gigante dormido que comenzaba con pequeños movimientos a anunciar el fin de su siesta -bastante larga, por cierto... claro eso lo supe, después-
Cuando el oráculo me anunció aquella vez que debía alejarme de los "viejos juegos del poder" me estremecí pero no comprendí de inmediato el significado. No estoy segura de comprenderlo ahora pero tengo esa conocida sensación de certeza que te atraviesa el cuero justo antes de lograr un momento de absoluta claridad y entendimiento.
Me siento con energía, casi tocando ese saber que busco desesperada, entendiendo esta vez que no me importa saber tanto sino sentir más seguido esa inquietud creadora que me permite hoy quedarme parada -haciéndome la canchera, incluso- frente a semejante criatura enorme.
Qué más decirles, estoy en este momento esperando que vuelva al mundo de los despiertos, que termine de replegar su cordón de plata y me vea y...
Escribo para calmar la ansiedad, es que este gigante me tiene en ascuas...
Escribo porque cada vez que lo hago respiro de la misma manera que lo hacía al alcanzar la superficie de la pileta del "provincial" después de desafiar el ancho de la olímpica de un tirón o pretender aguantar más que mi amiga "pollita" debajo del agua.
Escribo, porque ahí me encuentro conmigo, esa amiga auténtica, y juntas nos tomamos unos mates y hablamos de la vida.
El gigante me mira fijo ahora y no sonríe ni está serio... trata de conocerme.
Y yo no temo. Ya no.

lunes, 3 de mayo de 2010

Pequeña vieja contadora de hormigas

Las hojas crujientes y deliciosas bajo mis pies se lamentan, se quejan, le cantan al otoño.

El aire frío que se cuela en mi garganta, juega con mi cuerpo y lo hace temblar.

El fuego sagrado está intacto; aún con la carne algo corrompida y manchada de lodo, aún así las llamas se estiran y se encogen, y crepitando libremente me seducen.

Y yo que vagabundeo errante por el mundo como un pájaro con sus alas estiradas, flotando, acariciando diferentes vientos que traen consigo aromas en otro idioma.
Etérea y aleatoria…

Trato frecuentemente de abrir esa puerta cósmica y saltar al vacío sabiéndome alada, sin posibilidades de caer, pero no logro dar con mi coraje y me escabullo avergonzada.

Así es como, aleteando por el cosmos, un día la encontré.
Quieta junto a un árbol, concentrada, contando hormigas.
Se ofuscó al verme (hice que perdiera la cuenta).
Me disculpé y me senté a su lado.
Inmersas las dos en un silencio delicioso, pude entenderla sin palabras.
Aquella niña castaña con ojos color pantano, olía a flores frescas y sentí mi rostro salpicado de su humedad nutricia y bendita.
Sentarme junto a ella me transportó casi de inmediato a mi infancia y a un devenir de recuerdos vívidos y ricos.
Con sus dedos dibujaba burbujas en el aire y dentro de ellas aparecía un pedazo de mí embebida en un entrañable recuerdo.

Así, me recordé sentada en los enormes bancos de madera oscura de la parroquia de Nuestra Señora de la Misericordia.
Sola.
Con las manitas sudorosas sobre mi libro de oraciones, rodeada del zumbido de rezos perdidos y anónimos que se interrumpían con los toscos ruidos de unas revoltosas niñas que detrás de mí, se empujaban, tropezaban, reían.
Mis ojos estaban, de momento, cerrados y ajustados, como si con ellos apiñados pudiera conciliar esa fe inocente que olía a mirra e incienso.
De a ratos, me encontré espiando con desconfianza la trastienda del altar en busca de los innumerables fantasmas que la habitaban.
Sólo encontraba nuevamente paz y consuelo con la imagen de la virgen de la Misericordia que se erguía benévola sobre todos nosotros y Juan Bota, en rodillas, venerándola en el preciso acto de su aparición.
Las luces cálidas de las farolas sostenidas por ángeles nublaban mi vista hasta verlos sonreírme de lejos, inmutables, en un halo de quietud.
El dorado que brillaba con las luces convertía ese altar en una nube de luz cálida y atrapante, casi hipnótica, que seducía mis sentidos.
Desde afuera, se escuchaba una horda de pequeñas ruidosas, enloquecidas por las bondades del recreo de mitad de mañana, barullo que con el abrir y cerrar de la puerta lateral de la capilla llegaba a mí con fuerzas intermitentes sin dejar de irse jamás.
Así, perfecto, tranquilizador, como la felicidad misma suspendida en el aire.

Luego, repentino y doloroso, sonó el timbre que punzaba mis reflexiones para llamarme de vuelta a la realidad del aula y mis obligaciones escolares.

Cuando volví a la niña contadora de hormigas, ésta reía, traviesa y me miraba con infinita dulzura.
Como encontrando un canal abierto, todos los recuerdos de mi tierna edad volvieron a mi conciencia a borbotones, acariciándome el alma, estallando burbujas, de una por vez, todas.
Todos aquellos silencios coronados de historias y fantasías, visitados por duendes y hadas, bailando juntos.
Todos juntos, merendando en el altillo mágico de aquella casa, estallando en carcajadas.

Todos volvieron para quedarse y colarse de tanto en tanto en mi rutina adulta, respondiendo a mis suspiros, para lavarle la cara con frescos óleos y pintarle cada tanto una nariz colorada.

lunes, 29 de marzo de 2010

Como hinojo al borde de la vía...

Sueños…
Sueños de ensueño…

No es que no tenga qué escribir cuando de sueños se trata.
Simplemente me cuesta hilvanarlos, ponerle nombre, etiqueta, "precio"… acomodarlos en la góndola, pasarle la franela y sacarles brillo.
Es que viven suspendidos y cuando quiero agarrarlos para peinarlos un poco y estirarles la ropa, les da tremenda rabieta; sacuden con fuerza todo su cuerpecillo y se escapan de mis manos “adultas”.
Hoy vuelan alto y más que antes incluso cuando venían a jugar con aquella niña fantasiosa y su pandilla imaginaria.
Entonces flotan y se contornean delante de mí, tentándome, provocándome… y me guiñan un ojo y me sacan la lengua y se tocan.
A veces se sacan la ropa y me invitan a desnudarme. Otras me convidan con un mate.
Por momentos mueven la cabeza de lado a lado, negándome un mimo y yo no puedo con ellos porque estoy sumergida en una maratón de sonsos y esclavos.
Y a veces sí puedo y corro hasta la orilla de un lago perpetuo y mientras mastico tiernos hinojos, los miro agitada y me río de mí. Y prometo no volver a la carrera sin meta.
Otras simplemente los miro dormir y les acaricio la mejilla y se desperezan y respiran profundamente y se entregan.
Escalo hacia ellos escribiendo… cada letra, cada frase, cada centímetro de tinta derrumbado en mis páginas es una liana de luz por la que puedo trepar y abrazarlos; y así ya no se escapan, se quedan y por segundos se me hacen carne y somos uno.
A veces nos enojamos y les reprocho que sean etéreos y vayan tan lejos.
Otras ellos fruncen el seño si me ven atorada al suelo y me tironean, jalándome los brazos hasta que doy un salto.
Hoy, apenas puedo dibujar garabatos en el margen de la hoja del destino y los miro de lejos con la certeza de volver a tomar unas copas con ellos, juntos, un día de estos, dentro de poco; por su parte, me añoran con fuerza y entusiasmo y velan de lejos mis lamentos pasajeros.