martes, 24 de noviembre de 2015

Purple rain

Caminando por la vereda, con mi hija, de vuelta del cole a casa, encontramos en la esquina de otro colegio un lápiz violeta. Los que me conocen, ya lo saben y los que no, les cuento: es mi color preferido. Seriamente predilecto por sobre la paleta a puntos bastante insospechados.
No tenía identificación ni nombre; tampoco vi que se le cayera a nadie.
Como abogada –condición de la que ya decidí no librarme jamás- inmediatamente pensé “res nullius” que es algo así como “cosa de nadie”. Podría habérmelo quedado sin violar ninguna norma, digamos, porque para ese caso funciona aquello que podemos resumir así “el que lo encuentra se lo queda”.
Pero no. Por muy fuertes que fueran mis bajos instintos por conservarlo, fundados en esa necesidad “apropiativa” que cultivamos los humanos desde hace algunos años –y si rascamos un poco más los manuales de historia, quizá siglos- Esa necesidad del “mío” que no podemos hacer con los mares, los ríos, las montañas y nos sentimos un poco frustrados por ello. ¿Quién no ha fantaseado acaso con abrir la ventana del patio –propio, claro- y encontrar ese mar o río o montaña?
Entonces, lo segundo que se me ocurrió fue regalárselo a alguien que lo necesite más que yo y que mi hija y mi familia y mis amigos y… hay chicos que no tienen lápices para dibujar, quizá no tienen comida en la panza y yo acá reflexionando sobre el destino de una pinturita y mi solidaridad. Vino la hipocresía y me dio una bofetada. No quieras hacer la buena acción del día para ganarte el cielo con tan poco. No serás mejor persona por hacer algo de lo que no estás convencida. Así que, tampoco funcionó. No podía apropiarme de lo ajeno para ser mejor persona. Pensar que hay muchos que sí lo creen; Robin Hood, por ejemplo; aunque bueno –y ahí me sale la abogada defensora otra vez- mi representado, el Sr. Hood, robaba por necesidad y hambre de sus pares (hurto famélico… con vaselina) y además, el que le roba a un ladrón…
Entonces, ni bien me repuse del divague, hice lo correcto: se lo di a la portera del colegio diciendo –advirtiendo- que seguro el dueño lo iba a buscar allí. Si yo fuera la dueña de la pinturita violeta- pensé- jamás de los jamases jamaseños, dejaría de buscarla. Igual, a pesar de la sonrisa y las gracias desmedidas de quien recibió el lápiz en cuestión, no confié en ella ni un segundo. No creo que vaya a darle tanto a la lata mental y ética para decidir el destino del objeto.
¿Lo tiraría? PECADO. NO, LA VIOLETA NO. Quizá la verde, la naranja… pero la violeta no se tira. Probablemente termine en un cajón, perdida, aislada, sin poder dibujar ni pintar por largo tiempo. O en la cartuchera de cualquier niño, no dueño, no elegido ciertamente por mí que encontré el tesoro.
Bue, estaba a media asta, ya… -¡Quién le quita lo pintado!- me consolé.
Y, mientras caminábamos las últimas dos cuadras hasta casa, pensé en lo que había presenciado mi hija. Probablemente con esos ejemplos nunca sea una buena ladrona ni tenga la famosa viveza argentina a flor de piel. Mi papá hubiese hecho lo mismo que yo y con orgullo.
¿Y por qué estoy molesta entonces?
Creo que entendí que en esta como en tantas otras situaciones más en la vida, no hay UNA respuesta correcta (ouch!). Mucho menos una posible. Menos que más una entendible [¡¿por quién?!!!].
Quizá lo más atinado hubiera sido dársela a un dibujante para que la haga morder papel hasta sus últimos suspiros, o que la conservara mi hija para que se anote un poroto en el anecdotario de las cosas que nos encontramos en la calle o yo para inventar una historia más misteriosa y copada sobre ella.
O dejarla en el suelo, ahí mismito dónde estaba, con un horizonte más amplio que el cajón, bolsillo o cartera de la mujer de la portería.
Su suerte, como la de todos y todo, está echada [incluso antes de que yo me atreviera a encontrarla, recogerla y bue, el resto ya lo saben].

Ojalá que la pinturita violeta, de ese violeta perfecto a media asta ya, esté dibujando otra vez muy a pesar mío y de todos, por no poder saberlo a ciencia cierta. 

sábado, 30 de mayo de 2015

jueves, 21 de mayo de 2015

OÍD MORTALES EL GRITO SACADO


Tema recurrente por estos días: EL GRITO. Apareció en todos los rincones por los que anduve, presentado de mil maneras. Propio, ajeno, doloroso, resentido, de adultos, de niños, de maridos, de mujeres, de docentes… lejanos y cercanos… patriotas… de por aquí, de por allá. En charlas de café, por chat, en artículos escritos por autorizados pedagogos y por otros que simplemente se animan desde la propia vivencia.

“No ME grites”…, “ME gritaste…”,  “Perdón por haberTE gritado…”,  “No quiero gritarTE pero…”

Cuantas veces hemos escuchado –o dicho- algo así.

Y aclaro: mi computadora no tiene inconvenientes con la tecla de bloqueo de mayúscula, la que fue absolutamente adrede, porque lo que más me retumba en la cabeza al escribirlas, leerlas, escucharlas o decirlas es la manera en que todos nos apropiamos del actuar –y por ende, de la emoción/sentimiento- del otro y cómo vamos encajando y sublimando como hacen las piezas del “Tetris” –en caída directa e inexorable- sobre el tablero social que habitamos, tan arraigados al dúo inseparable “víctima y victimario”, siempre juntos, a pesar de todo, como Tom y Jerry.

El grito es agresivo, impulsivo, sanguíneo.

Aturde, estremece, confunde, marea, ensordece, molesta, bloquea, alerta.

Cualquier grito implica sacar a relucir las garras -o las guerras- que todos tenemos.

           Me pregunto entonces, desde este escepticismo que me ataca una vez cada tanto y me pica bastante ¿quién es, en serio, la verdadera “víctima” del grito?

Creo, y esto es casi autorreferencial, que quien grita acostumbradamente lo ha incorporado a su vida cual necesidad fisiológica, sin la cual -cree- no puede funcionar sin colapsar. Se convierte casi en un reflejo inmediato como estornudar o toser. Es una válvula de escape, a la vez que una trampa sin fin.

Con menor o mayor consciencia de ser un “gritón”, quienes sufrimos este hábito vicioso y viciado, no podemos desembarazarnos de esa reacción explosiva que se desata bruscamente, rompiendo cualquier clima de concordia, y tal como el increíble Hulk rompía su ropa, al retomar el hilo de lo que venía sucediendo en la vida –pre grito- quedamos absolutamente expuestos o, a un decir más mundano, “en bolas”. Desnudos de razones, de disculpas entendibles, de paz.

¡Culpable! – [me] grito-

Preguntada que fuera por las causas, diría que hay miles y miles de teorías y planteos, soluciones, sugerencias y recomendaciones.

Lo cierto es que cada uno tendrá que explorar sus propios motivos, buscar los caminos, los atajos y las soluciones.

(Acá tampoco hay recetas).

Pero si, de tanto leer y pensar, saqué algunas conclusiones que voy a compartir porque desde la UTCEG (Unión Transitoria Cibernauta de Empatía por los Gritones) me piden opinión y, autorizada o no, la mía es prácticamente un testimonio y tiene el sello de autenticidad y relevancia de la propia vivencia.

Nadie LE grita a nadie; aún cuando ambos interlocutores crean estar inmersos en la dicotomía gritón/gritado.

En verdad, el que grita, grita y punto.

Si nadie se apropiara de los gritos ajenos en ningún sentido y nos repitiéramos cual mantra “no los provoco, no los recibo, luego, no los tomo como algo personal”, el grito sería sólo un problema del que lo usa y padece, el “gritón”. Puede no gustarnos, elegir no escucharlos, no aguantarlos, descartarlos, pero nunca debemos tomarlo como lanza envenenada con rumbo al corazón, porque no lo es.

Yo, como gritona consuetudinaria –aunque en franca y voluntaria recuperación-, nunca pretendo con mi grito ofender al otro, mucho menos lastimarlo o dañarlo; sencillamente, exploto como el maíz pisingallo en el fuego, frente a una situación que se escapa de mi control (de mi autocontrol). Desde que logré entenderlo así, con esta simpleza, cuando grito se me activa la función [auto] aturdimiento, vivenciando lo que cualquier otro siente frente a ellos y me repliego sola con el efecto de la vibración del propio campanazo.  Esto, claro, después del desafío de ser mamá.

Y acá viene la parte más complicada de explicar[me]: tratándose de niños, también, contemos la verdad. Enseñémosles a no apropiarse de aquel actuar tan vehemente, agresivo y poco gentil de los adultos. Que no lo toleren, que no lo acepten, que no lo asimilen, que se esmeren por no reproducirlo… “Mamá/Papá/Otro adulto gritan y no está bien”. “No es tu problema y nunca lo será”  “No es una ofensa, es una pena que no podamos habituarnos a hablar diferente”. “Recordámelo cada vez que suceda si lo olvido”. “Aceptaré mi error siempre”. “Sé que cuando grito la estoy sonando”. “No grites, no me imites en esto que no es un lindo hábito”. Etcétera.

En mi caso, mi hija siempre fue un gran termostato de los niveles de audio permitidos a mi voz. Cuando me falla el autocontrol y tampoco funciona el inmediato autocorrectivo, ella me increpa con un “no me grites” y el antídoto es suficiente para replegar mis tropas y entender que ese momento, cualquiera de la vida cotidiana que herrumbra mi paciencia, no es el apropiado para descargar mi ira, mi frustración, mi ansiedad, mi cansancio (a veces, agotamiento), mis carencias, en fin, mis partes nada soleadas, que, además, poco tienen que ver con ese hecho concreto. Aunque no deba ser función ideal de un niño la de aplicarnos semejantes “correctivos”, es tiempo de decir de una vez y por todas -al menos yo necesito oírlo-, en detrimento de millones de editoriales que se escriben a diario acerca de la crianza de los más pequeños, que no podemos válidamente partir de la hipótesis de un adulto sin errores ni incoherencias. Es tiempo de sincerarnos y reconocernos como adultos con carencias, sombras, miedos, culpas, dolor…  Es hora de dejar de consumir y profesar la perfección materna/paterna como condición sine qua non para criar hijos porque eso es una injusta invitación hacia lo imposible y su lamentable consecuencia es el inexorable fracaso.

Probablemente, quien no tenga hijos no lo entienda aún.  

¡¿Cómo nos sentimos a diario tras ese cúmulo de información que recibimos acerca de como ser mejor y mejor y mejor como personas y como padres?! ¡¿Cuántas claves o tips debo conocer para ser el padre/madre perfecto?! Y, sobre todo, ¡¿Cuánto, irónicamente, me aleja ese desenfreno ansioso de consumidor compulsivo [de soluciones ajenas] de conectarme con mis fibras internas, mi propia fuente, mis instintos, en suma, la mejor versión de madre/padre que podré llegar a ser!?

Si, claro, lo pregunto gritando.

Me apena pensar que si hubiese tenido que despojarme del mal hábito del grito antes de ser mamá, probablemente ese ser maravilloso que es mi hija no estaría iluminando mi vida hoy.

Me consuelo: ¡de un mal hábito a la vez! [Si dejé de fumar, puedo dejar de gritar y si no puedo, me disculparé todas las veces que sea necesario por así sentirlo y lamentarlo, de verdad, cada vez].

Entonces, la ecuación sería algo así:

GRITO = RUIDO
Luego RUIDO ES SIEMPRE RUIDO.
Entonces RUIDO DE GRITO = EL PEOR RUIDO QUE [ME] CAUSO

Y claro, después de tanto ruido y chapoteando en el fondo de la “Caja de Pandora” suena a campanitas o flautas dulces, la ESPERANZA.

Entre el ruido y la música hay un sendero floreado y perfumado a la vera de una espesa sombra de añosos árboles que se llama ARMONÍA al que llegamos “los gritones” cuando registramos la áspera agonía de las cuerdas vocales, el dolor de cabeza que provoca el estallido a escasos centímetros del oído y, a la vez, el eco interno del grito, la resonancia, dónde cala hondo, dónde derrite icebergs, dónde dispara lava… allí, donde el grito se hace zumbido, para atenderlo, volverme uno con él y comprender sus raíces, sus ramas, su copa, sus frutos, para sufrir su sequía y así, lograr tal vez, que deje de aturdirnos. Por otro lado, si al escuchar un grito, la actitud es la misma que al escuchar un estruendoso ruido que aturde en vez de colocarnos en una actitud de ofensa personal y directa, probablemente también encontremos ese camino que conduce a la música que nos merecemos todos.

Ni gritados ni gritones… todos somos mestizos, mitad humanos, mitad divinos.



sábado, 9 de noviembre de 2013

Un cuento que no ganó: Voyeur de sueños.

Esta es una historia real. O al menos eso creí alguna vez.

Una noche de insomnio e involuntaria soledad, de esas que el mes de mayo riega con una humedad profusa y un calor atemporal, mirando a través de mi ventana vi de lejos, difusos, dos cuerpos acostados en el pasto de una plaza cercana.

Corrían en cámara lenta las horas avanzadas del ocaso, taponadas por nubes grises y humeantes con una luna repleta de agua, apagada, desganada y sin embargo perfecta en su redondez.

Luna haragana, agazapada detrás de una nebulosa viscosa y pálida.

Cuatro –quizá cinco- estrellas intermitentes y caprichosas se quejaban en el cielo como si les doliera su tiritar constante.

Y yo, sola, asomada a la ventana, inventando historias de anónimos personajes para no caer en el desconsuelo.

No tenía mucho para empezar: sólo la imagen pixelada de dos cuerpos casi estáticos coronados con la luz naranja de un cigarrillo que avisaba que ardía de bocanada en bocanada.

Lo primero que mi mente pudo fabricar, casi como un reflejo incontrolable de reminiscencia adolescente, fue la historia dramática de dos jóvenes e intrépidos amantes, ocultos en la negrura del desarraigo, combinada con las sombras de las farolas rotas por la conquista de vándalos y muy bajo presupuesto municipal. Tal vez ella había escapado de casa y se refugiaba, entonces, en los brazos cansados de su candidato no aceptado. Tal vez no.

Abandoné la idea sin rencores. Esa parecía una foto de otra época y ya no queda lugar en este nuevo milenio para “Capuletos” y “Montescos” que, por cierto, ya está algo devaluado por promesas incumplidas de viajes a otras galaxias y parientes marcianos, como para achacarle también la falta de romanticismo.

Quizá sólo eran amantes furtivos sedientos de sexo callejero y salvaje (¡!)…

Confieso que la idea sedujo mis instintos más animales por unos generosos cinco segundos… mi mente no estaba preparada esa noche para esa producción cargada de erotismo y desenfreno. Digamos, peras al olmo. O digamos que el único fuego en varias cuadras a la redonda que podía percibir era el incandescente cigarro de mis personajes misteriosos.

Imaginé entonces que se trataba de amigos.

Viejas almas pendencieras atascadas en cuerpos jóvenes, sedientos de nostalgia de estrellas quejosas y noches tristes y confundidas.
Compañeros de camino que compartían el último cigarro que les restaba y retozaban en el pasto fresco después de un intenso devenir de fastidiosos problemas cotidianos. Ambos, respirando profundamente el aire confundido de una plazoleta urbana, mezcla de oxígeno fresco y suspiros tóxicos de colectivos acatarrados.  Filosofando y soñando, tal vez, con otros tiempos que sin haber vivido, añoraban. Casi pude ver cómo dibujaban en el aire épocas de labios rojos carmesí y vestidos ajustados y femeninos, tacones altísimos, peinados prolijos, bien logrados, con esmero y dedicación, en franco contraste con las cinturas bajas de jeans endemoniados, las zapatillas desteñidas y el exceso innecesario de tatuajes y piercings.
Fuimos por un momento un trío de nostalgia y añoranza, casi un tango.

 Como una bofetada explosiva, un rapto de realidad acercó a mi mente una historia más verosímil: dos indigentes que compartían el espacio en la generosidad que germina justo donde la desposesión reina. Con historias asombrosas sobre sus espaldas cansadas y resquebrajadas por pernoctar en el frío cemento de los zaguanes abandonados, superpoblados de afiches de propaganda y mugre.
Por eso, esa noche sería especial. La plazoleta oscura les regalaría la intimidad necesaria; el pasto fresco y mullido, el lecho perfecto.

Un único cigarro como testigo luminoso de la carencia absoluta de riquezas materiales. Cercano al lugar, algunos ladridos aislados de un perro repleto de pulgas parecían dar mayor veracidad a esa historia que se alojaba cómoda y confiada en las antípodas de aquellas primeras imágenes de amorío y fuga.

Me sentí acobardada y vencida frente a mis pobres ganas de desafiar mi pereza y saciar mi curiosidad, bajando a la realidad para confirmar alguna de mis versiones o sorprenderme con una nueva que se revelara con una foto más cercana y nítida.

Mi curiosidad y mi abulia abandonaron mi cuerpo para trabarse en lucha y al cabo de unos minutos, volvieron a mí con una amnistía fundada en un confeso empate técnico: conservaría la intriga que espabilaba mi imaginación y la sacaba a trotar sólo hasta que el alba echara luz sobre el misterio.

Hice un último y fallido intento visual para cumplir con los requerimientos de mi ansiedad y nada: aún forzando la vista hasta que ardieron mis ojos, no pude ver más que un par de siluetas recortadas y superpuestas de color negro noche sobre más negrura nocturna de un ocaso cerrado con una mísera luna opaca y pocas estrellas convalecientes.

Mis esperanzas terminaron de ahogarse en el último suspiro del cigarrillo que matando de improviso a las cenizas incandescentes se esfumó para siempre en el espacio. La mole humana que yacía en la plazoleta desparramada sobre el pasto se tornaba cada vez más indefinida y quieta como negándose a que la descubriera.

Suspiré largo y me regocijé en el tratado de paz firmado en mi mente: esperaría al amanecer.

Luego, la invasión de los temidos –y nunca invitados- imponderables.

Supongo que en algún momento abandoné la guardia vencida por el inoportuno y burlón sueño y mis ojos se desplomaron sobre una nube de almohadas. Calculo que un apagón de luz desconectó mi despertador eléctrico programado a horario tempestivo. Creo que el insomnio de catálogo no está diseñado para ser ameno ni entretenido: en cuanto amaga con serlo, perece súbito, el muy cretino.

 Desperté con el ruido histérico del despertador de mi vecino y al advertir mi falta, erguí la cabeza desesperada buscando la ventana como si la hubiese perdido en sueños.

La misma plaza, iluminada ahora con el alba, coronada con los bostezos de peatones tempraneros que la recorrían apesadumbrados.

Allí, exactamente en el lugar donde habían reposado las siluetas capciosas y escurridizas, no había ya nada más que un barredero vestido con un traje fosforescente  y su escobillón de acero, barriendo sin ganas las primeras hojas del otoño.

Sentí el estruendo de las carcajadas de todos -los amantes, los amigos y los indigentes- que desde algún lugar de mi imaginación o escondidos detrás de los árboles y las estatuas, complotados cruelmente con el barrendero y los transeúntes, se burlaban de esta pobre servidora que les había regalado la mente como escenario.

 Confirmé la infamia más tarde, cuando el portero me interceptó en el palier para pasarme el acostumbrado parte diario de chismes y habladurías. Desde hacía mucho tiempo, me había programado para no escucharlo y por eso no puedo revelar la totalidad de sus dichos pero una frase final con la que remató su relato, me hizo pensar que él también era cómplice y yo una pobre víctima merced del divertimento de todos ellos.

Dijo, después de una pausa larga cargada de doble intención para captar mi plena atención a sabiendas de mi intachable cordialidad y buena educación:
“…En conclusión, de lo de anoche, qué fue verdad y qué fue mentira… eso, nunca lo vamos a terminar de saber…”.
  




viernes, 13 de septiembre de 2013

miércoles, 14 de agosto de 2013

"El corazón a Dios y las manos al trabajo"

La semana pasada fue de esas intensas,bisagra, que quedarán para siempre individualizadas en el recuerdo, desmenuzadas, día a día, escrutadas y recordadas… ¿Qué estabas haciendo vos exactamente cuando…? 

Explotó un edificio en Rosario por una negligencia compartida entre varios y murieron 21 personas, muchas resultaron heridas y muchas más desposeídas y desalojadas a la fuerza de su hogar: “con lo puesto”. Sentí la explosión –vivo a 10 cuadras aproximadamente- y me estremecí. Sabía que algo horrible había sucedido porque el tipo de estruendo se había incrustado en mi memoria auditiva cuando hace poco más de un año atrás explotó a dos cuadras de mi departamento la caldera de una lavandería (aquella vez, sin víctimas humanas que lamentar). Estaba a punto de salir para llevar a mi hija de mi mamá y dejar la casa en silencio para que mi marido pudiera estudiar tranquilo ya que estaba preparando sus últimos finales de la carrera de Contador (se recibió en viernes de esa semana, después de un esfuerzo personal y familiar increíble, otro motivo para no olvidarla). Le dije a mi marido que algo feo había pasado; en el portal de un diario conocido de la ciudad salió casi inmediatamente la noticia, germinal e imprecisa “Explotó una caldera en Salta y Oroño”… Aunque estremecedora, nada anunciaba el horror en el que la ciudad entera, cada rosarino del planeta y especialmente los vecinos inmediatos de la zona, nos veríamos envueltos los instantes, las horas, los días siguientes al llamado minuto cero.

 A medida que transcurría el tiempo, la noticia empezaba a oscurecerse y el miedo crecía… Lo inmediato fue llamar a mi prima que vive a escasas dos cuadras del lugar de la tragedia y me costó comunicarme, hasta que lo hice: nadie estaba en la casa en ese momento (luego supimos que vaya uno a saber que leyes de la física actuaron para que no resulte afectada). Recorrí con mi mente rápidamente si ese lugar quedaba cerca de algún lugar en dónde alguno de mis afectos podía estar… nada.

 De hecho, hoy puedo decir que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas ni de sus familias, sólo referencias remotas… una de ellas era ex alumna de mi queridísimo colegio “ Misericordia” que me vió crecer (no reconocí su rostro, aunque fuera sólo un año más chica que yo y pese a mis esfuerzos mentales… ella fue la última víctima que encontraron, de la que se creyó en algún momento que podía estar viva y desorientada deambulando por la ciudad); otra, pariente lejana de una de mis mejores amigas…

 Cuando nadie creía que el panorama podía ser aún peor, el sábado hubo otra tragedia producto de la negligencia: en el parque más grande y bello de la ciudad, uno de los canastos de la rueda gigante se desprendió trayéndonos más muerte, horror y angustia.

 Ahora pienso que el parque de diversiones era casi lo único abierto y funcionando ese sábado cuando la ciudad entera estaba “cerrada” a la alegría y a los festejos (la actividad nocturna de boliches y restorantes estuvo restringida o funcionando muy limitadamente, por decisión de los propios empresarios del rubro, se suspendieron los espectáculos programados, etc.), y la desgracia lo envolvió y vistió de negro, cobrándose la vida de dos niñas. Otra vez el desamor y la falta de compromiso de personas que se resisten a hacer las cosas bien como protagonista y causante.

 Esta vez tampoco la desgracia tocó a mis afectos. Digamos entonces que soy afortunadamente una de las menos afectadas de la ciudad. Aún así, estoy invadida por una sensación de tristeza, impotencia y miedo…
Y noto que todos los rosarinos sentimos lo mismo. Suspiramos más, tenemos los ojos más tristes… hacemos silencios largos entre las frases que decimos cuando comentamos el tema, nadie puede hablar del tema de corrido y a la ligera, todos tenemos un nudo en la garganta y un pesar en el alma que nos hermana: la ciudad está real y sentidamente de luto; callada en su angustia, sufriendo.

 No pude pasar por el lugar ni quise…

 Para el que no conoce Rosario, basta con decir que es uno de los paseos más hermosos y elegidos por todos nosotros, los rosarinos, que los fines de semana solíamos deambular alegre y despreocupadamente por allí con niños, bicis y mascotas, aprovechando los beneficios de una ordenanza municipal que convierte la calle en peatonal bajo el lema “No pases con el auto, pasá vos” y nos permite unir el parque Independencia con el río Paraná, a través de nuestro querido y emblemático Boulevard Oroño.

 Va a ser duro recorrer esos lugares de acá en más... la ciudad recibió las punzadas en sus órganos más vitales.

 Entonces, ayudé con el silencio que pedían para que funcionara mejor un aparato super tecnológico de detección de movimiento entre los escombros y me comprometí a depositar algo de dinero en una de las cuentas abiertas… Casi nada comparado con lo que hicieron rescatistas, bomberos y otros voluntarios que le regalaron su vida a esa cuadra por una semana entera, esta vez.
 Recordé por ellos el lema de la fundadora de la congregación encargada allá por el 1800 de recoger niñas y adolescentes desamparadas y darles un hogar y un propósito, las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Josefa María Rosello: “El corazón a Dios y las manos al trabajo” y entendí en el esfuerzo de esos seres especiales la fuerza exacta y simple de su literalidad.

 Todo pasó un martes 6 de agosto de 2013… al lunes siguiente, las sirenas anunciaban que terminaba la labor de búsqueda y comenzaba una nueva etapa: la reconstrucción, bendiciéndola con las lágrimas de todos los que participaron en las tareas de rescate. A partir de ahora, cada uno tendrá que “recoger” sus propios escombros y construir a partir de eso, acompañándonos todos en nuestras respectivas soledades, con el corazón elevado a la divinidad de la creación y las manos dispuestas, creativas y laboriosas.