Gracias Mr. Duy Huynh por darle imagen a mis ocurrencias...
sábado, 30 de mayo de 2015
jueves, 21 de mayo de 2015
OÍD MORTALES EL GRITO SACADO
Tema recurrente por
estos días: EL GRITO. Apareció en todos los rincones por los que anduve,
presentado de mil maneras. Propio, ajeno, doloroso, resentido, de adultos, de
niños, de maridos, de mujeres, de docentes… lejanos y cercanos… patriotas… de
por aquí, de por allá. En charlas de café, por chat, en artículos escritos por
autorizados pedagogos y por otros que simplemente se animan desde la propia
vivencia.
“No ME grites”…, “ME
gritaste…”, “Perdón por haberTE gritado…”,
“No quiero gritarTE pero…”
Cuantas veces hemos
escuchado –o dicho- algo así.
Y aclaro: mi computadora
no tiene inconvenientes con la tecla de bloqueo de mayúscula, la que fue
absolutamente adrede, porque lo que más me retumba en la cabeza al escribirlas,
leerlas, escucharlas o decirlas es la manera en que todos nos apropiamos del
actuar –y por ende, de la emoción/sentimiento- del otro y cómo vamos encajando y
sublimando como hacen las piezas del “Tetris” –en caída directa e inexorable-
sobre el tablero social que habitamos, tan arraigados al dúo inseparable “víctima
y victimario”, siempre juntos, a pesar de todo, como Tom y Jerry.
El grito es agresivo,
impulsivo, sanguíneo.
Aturde, estremece,
confunde, marea, ensordece, molesta, bloquea, alerta.
![]() |
| Cualquier grito implica sacar a relucir las garras -o las guerras- que todos tenemos. |
Me pregunto entonces,
desde este escepticismo que me ataca una vez cada tanto y me pica bastante ¿quién
es, en serio, la verdadera “víctima” del grito?
Creo, y esto es casi
autorreferencial, que quien grita acostumbradamente lo ha incorporado a su vida
cual necesidad fisiológica, sin la cual -cree- no puede funcionar sin colapsar.
Se convierte casi en un reflejo inmediato como estornudar o toser. Es una
válvula de escape, a la vez que una trampa sin fin.
Con menor o mayor
consciencia de ser un “gritón”, quienes sufrimos este hábito vicioso y viciado,
no podemos desembarazarnos de esa reacción explosiva que se desata bruscamente,
rompiendo cualquier clima de concordia, y tal como el increíble Hulk rompía su
ropa, al retomar el hilo de lo que venía sucediendo en la vida –pre grito-
quedamos absolutamente expuestos o, a un decir más mundano, “en bolas”.
Desnudos de razones, de disculpas entendibles, de paz.
¡Culpable! – [me] grito-
Preguntada que fuera por
las causas, diría que hay miles y miles de teorías y planteos, soluciones,
sugerencias y recomendaciones.
Lo cierto es que cada
uno tendrá que explorar sus propios motivos, buscar los caminos, los atajos y
las soluciones.
(Acá tampoco hay
recetas).
Pero si, de tanto leer y
pensar, saqué algunas conclusiones que voy a compartir porque desde la UTCEG
(Unión Transitoria Cibernauta de Empatía por los Gritones) me piden opinión y,
autorizada o no, la mía es prácticamente un testimonio y tiene el sello de
autenticidad y relevancia de la propia vivencia.
Nadie LE grita a nadie;
aún cuando ambos interlocutores crean estar inmersos en la dicotomía
gritón/gritado.
En verdad, el que grita,
grita y punto.
Si nadie se apropiara de
los gritos ajenos en ningún sentido y nos repitiéramos cual mantra “no los
provoco, no los recibo, luego, no los tomo como algo personal”, el grito sería sólo
un problema del que lo usa y padece, el “gritón”. Puede no gustarnos, elegir no
escucharlos, no aguantarlos, descartarlos, pero nunca debemos tomarlo como
lanza envenenada con rumbo al corazón, porque no lo es.
Yo, como gritona
consuetudinaria –aunque en franca y voluntaria recuperación-, nunca pretendo
con mi grito ofender al otro, mucho menos lastimarlo o dañarlo; sencillamente,
exploto como el maíz pisingallo en el fuego, frente a una situación que se
escapa de mi control (de mi autocontrol). Desde que logré entenderlo así, con
esta simpleza, cuando grito se me activa la función [auto] aturdimiento,
vivenciando lo que cualquier otro siente frente a ellos y me repliego sola con
el efecto de la vibración del propio campanazo. Esto, claro, después del desafío de ser mamá.
Y acá viene la parte más
complicada de explicar[me]: tratándose de niños, también, contemos la verdad. Enseñémosles
a no apropiarse de aquel actuar tan vehemente, agresivo y poco gentil de los
adultos. Que no lo toleren, que no lo acepten, que no lo asimilen, que se
esmeren por no reproducirlo… “Mamá/Papá/Otro adulto gritan y no está bien”. “No
es tu problema y nunca lo será” “No es
una ofensa, es una pena que no podamos habituarnos a hablar diferente”. “Recordámelo
cada vez que suceda si lo olvido”. “Aceptaré mi error siempre”. “Sé que cuando
grito la estoy sonando”. “No grites, no me imites en esto que no es un lindo hábito”.
Etcétera.
En mi caso, mi hija
siempre fue un gran termostato de los niveles de audio permitidos a mi voz.
Cuando me falla el autocontrol y tampoco funciona el inmediato autocorrectivo,
ella me increpa con un “no me grites” y el antídoto es suficiente para replegar
mis tropas y entender que ese momento, cualquiera de la vida cotidiana que
herrumbra mi paciencia, no es el apropiado para descargar mi ira, mi
frustración, mi ansiedad, mi cansancio (a veces, agotamiento), mis carencias,
en fin, mis partes nada soleadas, que, además, poco tienen que ver con ese hecho
concreto. Aunque no deba ser función ideal de un niño la de aplicarnos
semejantes “correctivos”, es tiempo de decir de una vez y por todas -al menos
yo necesito oírlo-, en detrimento de millones de editoriales que se escriben a
diario acerca de la crianza de los más pequeños, que no podemos válidamente
partir de la hipótesis de un adulto sin errores ni incoherencias. Es tiempo de
sincerarnos y reconocernos como adultos con carencias, sombras, miedos, culpas,
dolor… Es hora de dejar de consumir y
profesar la perfección materna/paterna como condición sine qua non para criar
hijos porque eso es una injusta invitación hacia lo imposible y su lamentable
consecuencia es el inexorable fracaso.
Probablemente, quien no tenga
hijos no lo entienda aún.
¡¿Cómo nos sentimos a
diario tras ese cúmulo de información que recibimos acerca de como ser mejor y
mejor y mejor como personas y como padres?! ¡¿Cuántas claves o tips debo
conocer para ser el padre/madre perfecto?! Y, sobre todo, ¡¿Cuánto,
irónicamente, me aleja ese desenfreno ansioso de consumidor compulsivo [de
soluciones ajenas] de conectarme con mis fibras internas, mi propia fuente, mis
instintos, en suma, la mejor versión de madre/padre que podré llegar a ser!?
Si, claro, lo pregunto
gritando.
Me apena pensar que si
hubiese tenido que despojarme del mal hábito del grito antes de ser mamá,
probablemente ese ser maravilloso que es mi hija no estaría iluminando mi vida
hoy.
Me consuelo: ¡de un mal
hábito a la vez! [Si dejé de fumar, puedo dejar de gritar y si no puedo, me
disculparé todas las veces que sea necesario por así sentirlo y lamentarlo, de
verdad, cada vez].
Entonces, la ecuación
sería algo así:
GRITO = RUIDO
Luego RUIDO ES SIEMPRE RUIDO.
Entonces RUIDO DE GRITO = EL PEOR
RUIDO QUE [ME] CAUSO
Y claro, después de
tanto ruido y chapoteando en el fondo de la “Caja de Pandora” suena a
campanitas o flautas dulces, la ESPERANZA.
Entre el ruido y la
música hay un sendero floreado y perfumado a la vera de una espesa sombra de
añosos árboles que se llama ARMONÍA al que llegamos “los gritones” cuando
registramos la áspera agonía de las cuerdas vocales, el dolor de cabeza que
provoca el estallido a escasos centímetros del oído y, a la vez, el eco interno
del grito, la resonancia, dónde cala hondo, dónde derrite icebergs, dónde
dispara lava… allí, donde el grito se hace zumbido, para atenderlo, volverme
uno con él y comprender sus raíces, sus ramas, su copa, sus frutos, para sufrir
su sequía y así, lograr tal vez, que deje de aturdirnos. Por otro lado, si al
escuchar un grito, la actitud es la misma que al escuchar un estruendoso ruido
que aturde en vez de colocarnos en una actitud de ofensa personal y directa, probablemente
también encontremos ese camino que conduce a la música que nos merecemos todos.
![]() |
Ni gritados
ni gritones… todos somos mestizos, mitad humanos, mitad divinos.
|
sábado, 9 de noviembre de 2013
Un cuento que no ganó: Voyeur de sueños.
Esta es una historia real. O al menos
eso creí alguna vez.
Una noche de insomnio e involuntaria
soledad, de esas que el mes de mayo riega con una humedad profusa y un calor
atemporal, mirando a través de mi ventana vi de lejos, difusos, dos cuerpos
acostados en el pasto de una plaza cercana.
Corrían en cámara lenta las horas
avanzadas del ocaso, taponadas por nubes grises y humeantes con una luna
repleta de agua, apagada, desganada y sin embargo perfecta en su redondez.
Luna haragana, agazapada detrás de
una nebulosa viscosa y pálida.
Cuatro –quizá cinco- estrellas
intermitentes y caprichosas se quejaban en el cielo como si les doliera su
tiritar constante.
Y yo, sola, asomada a la ventana,
inventando historias de anónimos personajes para no caer en el desconsuelo.
No tenía mucho para empezar: sólo la
imagen pixelada de dos cuerpos casi estáticos coronados con la luz naranja de
un cigarrillo que avisaba que ardía de bocanada en bocanada.
Lo primero que mi mente pudo
fabricar, casi como un reflejo incontrolable de reminiscencia adolescente, fue
la historia dramática de dos jóvenes e intrépidos amantes, ocultos en la
negrura del desarraigo, combinada con las sombras de las farolas rotas por la
conquista de vándalos y muy bajo presupuesto municipal. Tal vez ella había
escapado de casa y se refugiaba, entonces, en los brazos cansados de su
candidato no aceptado. Tal vez no.
Abandoné la idea sin rencores. Esa
parecía una foto de otra época y ya no queda lugar en este nuevo milenio para
“Capuletos” y “Montescos” que, por cierto, ya está algo devaluado por promesas
incumplidas de viajes a otras galaxias y parientes marcianos, como para
achacarle también la falta de romanticismo.
Quizá sólo eran amantes furtivos
sedientos de sexo callejero y salvaje (¡!)…
Confieso que la idea sedujo mis
instintos más animales por unos generosos cinco segundos… mi mente no estaba
preparada esa noche para esa producción cargada de erotismo y desenfreno.
Digamos, peras al olmo. O digamos que el único fuego en varias cuadras a la
redonda que podía percibir era el incandescente cigarro de mis personajes
misteriosos.
Imaginé entonces que se trataba de
amigos.
Viejas almas pendencieras atascadas
en cuerpos jóvenes, sedientos de nostalgia de estrellas quejosas y noches
tristes y confundidas.
Compañeros de camino que compartían
el último cigarro que les restaba y retozaban en el pasto fresco después de un
intenso devenir de fastidiosos problemas cotidianos. Ambos, respirando
profundamente el aire confundido de una plazoleta urbana, mezcla de oxígeno
fresco y suspiros tóxicos de colectivos acatarrados. Filosofando y soñando, tal vez, con otros
tiempos que sin haber vivido, añoraban. Casi pude ver cómo dibujaban en el aire
épocas de labios rojos carmesí y vestidos ajustados y femeninos, tacones
altísimos, peinados prolijos, bien logrados, con esmero y dedicación, en franco
contraste con las cinturas bajas de jeans endemoniados, las zapatillas
desteñidas y el exceso innecesario de tatuajes y piercings.
Fuimos por un momento un trío de
nostalgia y añoranza, casi un tango.
Como una bofetada explosiva, un rapto de
realidad acercó a mi mente una historia más verosímil: dos indigentes que
compartían el espacio en la generosidad que germina justo donde la desposesión
reina. Con historias asombrosas sobre sus espaldas cansadas y resquebrajadas
por pernoctar en el frío cemento de los zaguanes abandonados, superpoblados de
afiches de propaganda y mugre.
Por eso, esa noche sería especial.
La plazoleta oscura les regalaría la intimidad necesaria; el pasto fresco y
mullido, el lecho perfecto.
Un único cigarro como testigo
luminoso de la carencia absoluta de riquezas materiales. Cercano al lugar,
algunos ladridos aislados de un perro repleto de pulgas parecían dar mayor veracidad
a esa historia que se alojaba cómoda y confiada en las antípodas de aquellas
primeras imágenes de amorío y fuga.
Me sentí acobardada y vencida frente
a mis pobres ganas de desafiar mi pereza y saciar mi curiosidad, bajando a la
realidad para confirmar alguna de mis versiones o sorprenderme con una nueva
que se revelara con una foto más cercana y nítida.
Mi curiosidad y mi abulia
abandonaron mi cuerpo para trabarse en lucha y al cabo de unos minutos,
volvieron a mí con una amnistía fundada en un confeso empate técnico:
conservaría la intriga que espabilaba mi imaginación y la sacaba a trotar sólo hasta
que el alba echara luz sobre el misterio.
Hice un último y fallido intento
visual para cumplir con los requerimientos de mi ansiedad y nada: aún forzando
la vista hasta que ardieron mis ojos, no pude ver más que un par de siluetas
recortadas y superpuestas de color negro noche sobre más negrura nocturna de un
ocaso cerrado con una mísera luna opaca y pocas estrellas convalecientes.
Mis esperanzas terminaron de
ahogarse en el último suspiro del cigarrillo que matando de improviso a las
cenizas incandescentes se esfumó para siempre en el espacio. La mole humana que
yacía en la plazoleta desparramada sobre el pasto se tornaba cada vez más
indefinida y quieta como negándose a que la descubriera.
Suspiré largo y me regocijé en el
tratado de paz firmado en mi mente: esperaría al amanecer.
Luego, la invasión de los temidos –y
nunca invitados- imponderables.
Supongo que en algún momento abandoné
la guardia vencida por el inoportuno y burlón sueño y mis ojos se desplomaron
sobre una nube de almohadas. Calculo que un apagón de luz desconectó mi
despertador eléctrico programado a horario tempestivo. Creo que el insomnio de
catálogo no está diseñado para ser ameno ni entretenido: en cuanto amaga con
serlo, perece súbito, el muy cretino.
Desperté con el ruido histérico del
despertador de mi vecino y al advertir mi falta, erguí la cabeza desesperada
buscando la ventana como si la hubiese perdido en sueños.
La misma plaza, iluminada ahora con
el alba, coronada con los bostezos de peatones tempraneros que la recorrían
apesadumbrados.
Allí, exactamente en el lugar donde
habían reposado las siluetas capciosas y escurridizas, no había ya nada más que
un barredero vestido con un traje fosforescente y su escobillón de acero, barriendo sin ganas las
primeras hojas del otoño.
Sentí el estruendo de las carcajadas
de todos -los amantes, los amigos y los indigentes- que desde algún lugar de mi
imaginación o escondidos detrás de los árboles y las estatuas, complotados
cruelmente con el barrendero y los transeúntes, se burlaban de esta pobre
servidora que les había regalado la mente como escenario.
Confirmé la infamia más tarde, cuando el
portero me interceptó en el palier para pasarme el acostumbrado parte diario de
chismes y habladurías. Desde hacía mucho tiempo, me había programado para no
escucharlo y por eso no puedo revelar la totalidad de sus dichos pero una frase
final con la que remató su relato, me hizo pensar que él también era cómplice y
yo una pobre víctima merced del divertimento de todos ellos.
Dijo, después de una pausa larga
cargada de doble intención para captar mi plena atención a sabiendas de mi
intachable cordialidad y buena educación:
“…En conclusión, de lo de anoche, qué fue verdad y qué fue mentira… eso,
nunca lo vamos a terminar de saber…”.
viernes, 13 de septiembre de 2013
miércoles, 14 de agosto de 2013
"El corazón a Dios y las manos al trabajo"
La semana pasada fue de esas intensas,bisagra, que quedarán para siempre individualizadas en el recuerdo, desmenuzadas, día a día, escrutadas y recordadas…
¿Qué estabas haciendo vos exactamente cuando…?
Explotó un edificio en Rosario por una negligencia compartida entre varios y murieron 21 personas, muchas resultaron heridas y muchas más desposeídas y desalojadas a la fuerza de su hogar: “con lo puesto”. Sentí la explosión –vivo a 10 cuadras aproximadamente- y me estremecí. Sabía que algo horrible había sucedido porque el tipo de estruendo se había incrustado en mi memoria auditiva cuando hace poco más de un año atrás explotó a dos cuadras de mi departamento la caldera de una lavandería (aquella vez, sin víctimas humanas que lamentar). Estaba a punto de salir para llevar a mi hija de mi mamá y dejar la casa en silencio para que mi marido pudiera estudiar tranquilo ya que estaba preparando sus últimos finales de la carrera de Contador (se recibió en viernes de esa semana, después de un esfuerzo personal y familiar increíble, otro motivo para no olvidarla). Le dije a mi marido que algo feo había pasado; en el portal de un diario conocido de la ciudad salió casi inmediatamente la noticia, germinal e imprecisa “Explotó una caldera en Salta y Oroño”… Aunque estremecedora, nada anunciaba el horror en el que la ciudad entera, cada rosarino del planeta y especialmente los vecinos inmediatos de la zona, nos veríamos envueltos los instantes, las horas, los días siguientes al llamado minuto cero.
A medida que transcurría el tiempo, la noticia empezaba a oscurecerse y el miedo crecía… Lo inmediato fue llamar a mi prima que vive a escasas dos cuadras del lugar de la tragedia y me costó comunicarme, hasta que lo hice: nadie estaba en la casa en ese momento (luego supimos que vaya uno a saber que leyes de la física actuaron para que no resulte afectada). Recorrí con mi mente rápidamente si ese lugar quedaba cerca de algún lugar en dónde alguno de mis afectos podía estar… nada.
De hecho, hoy puedo decir que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas ni de sus familias, sólo referencias remotas… una de ellas era ex alumna de mi queridísimo colegio “ Misericordia” que me vió crecer (no reconocí su rostro, aunque fuera sólo un año más chica que yo y pese a mis esfuerzos mentales… ella fue la última víctima que encontraron, de la que se creyó en algún momento que podía estar viva y desorientada deambulando por la ciudad); otra, pariente lejana de una de mis mejores amigas…
Cuando nadie creía que el panorama podía ser aún peor, el sábado hubo otra tragedia producto de la negligencia: en el parque más grande y bello de la ciudad, uno de los canastos de la rueda gigante se desprendió trayéndonos más muerte, horror y angustia.
Ahora pienso que el parque de diversiones era casi lo único abierto y funcionando ese sábado cuando la ciudad entera estaba “cerrada” a la alegría y a los festejos (la actividad nocturna de boliches y restorantes estuvo restringida o funcionando muy limitadamente, por decisión de los propios empresarios del rubro, se suspendieron los espectáculos programados, etc.), y la desgracia lo envolvió y vistió de negro, cobrándose la vida de dos niñas. Otra vez el desamor y la falta de compromiso de personas que se resisten a hacer las cosas bien como protagonista y causante.
Esta vez tampoco la desgracia tocó a mis afectos. Digamos entonces que soy afortunadamente una de las menos afectadas de la ciudad. Aún así, estoy invadida por una sensación de tristeza, impotencia y miedo…
Y noto que todos los rosarinos sentimos lo mismo. Suspiramos más, tenemos los ojos más tristes… hacemos silencios largos entre las frases que decimos cuando comentamos el tema, nadie puede hablar del tema de corrido y a la ligera, todos tenemos un nudo en la garganta y un pesar en el alma que nos hermana: la ciudad está real y sentidamente de luto; callada en su angustia, sufriendo.
No pude pasar por el lugar ni quise…
Para el que no conoce Rosario, basta con decir que es uno de los paseos más hermosos y elegidos por todos nosotros, los rosarinos, que los fines de semana solíamos deambular alegre y despreocupadamente por allí con niños, bicis y mascotas, aprovechando los beneficios de una ordenanza municipal que convierte la calle en peatonal bajo el lema “No pases con el auto, pasá vos” y nos permite unir el parque Independencia con el río Paraná, a través de nuestro querido y emblemático Boulevard Oroño.
Va a ser duro recorrer esos lugares de acá en más... la ciudad recibió las punzadas en sus órganos más vitales.
Entonces, ayudé con el silencio que pedían para que funcionara mejor un aparato super tecnológico de detección de movimiento entre los escombros y me comprometí a depositar algo de dinero en una de las cuentas abiertas… Casi nada comparado con lo que hicieron rescatistas, bomberos y otros voluntarios que le regalaron su vida a esa cuadra por una semana entera, esta vez.
Recordé por ellos el lema de la fundadora de la congregación encargada allá por el 1800 de recoger niñas y adolescentes desamparadas y darles un hogar y un propósito, las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Josefa María Rosello: “El corazón a Dios y las manos al trabajo” y entendí en el esfuerzo de esos seres especiales la fuerza exacta y simple de su literalidad.
Todo pasó un martes 6 de agosto de 2013… al lunes siguiente, las sirenas anunciaban que terminaba la labor de búsqueda y comenzaba una nueva etapa: la reconstrucción, bendiciéndola con las lágrimas de todos los que participaron en las tareas de rescate. A partir de ahora, cada uno tendrá que “recoger” sus propios escombros y construir a partir de eso, acompañándonos todos en nuestras respectivas soledades, con el corazón elevado a la divinidad de la creación y las manos dispuestas, creativas y laboriosas.
Explotó un edificio en Rosario por una negligencia compartida entre varios y murieron 21 personas, muchas resultaron heridas y muchas más desposeídas y desalojadas a la fuerza de su hogar: “con lo puesto”. Sentí la explosión –vivo a 10 cuadras aproximadamente- y me estremecí. Sabía que algo horrible había sucedido porque el tipo de estruendo se había incrustado en mi memoria auditiva cuando hace poco más de un año atrás explotó a dos cuadras de mi departamento la caldera de una lavandería (aquella vez, sin víctimas humanas que lamentar). Estaba a punto de salir para llevar a mi hija de mi mamá y dejar la casa en silencio para que mi marido pudiera estudiar tranquilo ya que estaba preparando sus últimos finales de la carrera de Contador (se recibió en viernes de esa semana, después de un esfuerzo personal y familiar increíble, otro motivo para no olvidarla). Le dije a mi marido que algo feo había pasado; en el portal de un diario conocido de la ciudad salió casi inmediatamente la noticia, germinal e imprecisa “Explotó una caldera en Salta y Oroño”… Aunque estremecedora, nada anunciaba el horror en el que la ciudad entera, cada rosarino del planeta y especialmente los vecinos inmediatos de la zona, nos veríamos envueltos los instantes, las horas, los días siguientes al llamado minuto cero.
A medida que transcurría el tiempo, la noticia empezaba a oscurecerse y el miedo crecía… Lo inmediato fue llamar a mi prima que vive a escasas dos cuadras del lugar de la tragedia y me costó comunicarme, hasta que lo hice: nadie estaba en la casa en ese momento (luego supimos que vaya uno a saber que leyes de la física actuaron para que no resulte afectada). Recorrí con mi mente rápidamente si ese lugar quedaba cerca de algún lugar en dónde alguno de mis afectos podía estar… nada.
De hecho, hoy puedo decir que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas ni de sus familias, sólo referencias remotas… una de ellas era ex alumna de mi queridísimo colegio “ Misericordia” que me vió crecer (no reconocí su rostro, aunque fuera sólo un año más chica que yo y pese a mis esfuerzos mentales… ella fue la última víctima que encontraron, de la que se creyó en algún momento que podía estar viva y desorientada deambulando por la ciudad); otra, pariente lejana de una de mis mejores amigas…
Cuando nadie creía que el panorama podía ser aún peor, el sábado hubo otra tragedia producto de la negligencia: en el parque más grande y bello de la ciudad, uno de los canastos de la rueda gigante se desprendió trayéndonos más muerte, horror y angustia.
Ahora pienso que el parque de diversiones era casi lo único abierto y funcionando ese sábado cuando la ciudad entera estaba “cerrada” a la alegría y a los festejos (la actividad nocturna de boliches y restorantes estuvo restringida o funcionando muy limitadamente, por decisión de los propios empresarios del rubro, se suspendieron los espectáculos programados, etc.), y la desgracia lo envolvió y vistió de negro, cobrándose la vida de dos niñas. Otra vez el desamor y la falta de compromiso de personas que se resisten a hacer las cosas bien como protagonista y causante.
Esta vez tampoco la desgracia tocó a mis afectos. Digamos entonces que soy afortunadamente una de las menos afectadas de la ciudad. Aún así, estoy invadida por una sensación de tristeza, impotencia y miedo…
Y noto que todos los rosarinos sentimos lo mismo. Suspiramos más, tenemos los ojos más tristes… hacemos silencios largos entre las frases que decimos cuando comentamos el tema, nadie puede hablar del tema de corrido y a la ligera, todos tenemos un nudo en la garganta y un pesar en el alma que nos hermana: la ciudad está real y sentidamente de luto; callada en su angustia, sufriendo.
No pude pasar por el lugar ni quise…
Para el que no conoce Rosario, basta con decir que es uno de los paseos más hermosos y elegidos por todos nosotros, los rosarinos, que los fines de semana solíamos deambular alegre y despreocupadamente por allí con niños, bicis y mascotas, aprovechando los beneficios de una ordenanza municipal que convierte la calle en peatonal bajo el lema “No pases con el auto, pasá vos” y nos permite unir el parque Independencia con el río Paraná, a través de nuestro querido y emblemático Boulevard Oroño.
Va a ser duro recorrer esos lugares de acá en más... la ciudad recibió las punzadas en sus órganos más vitales.
Entonces, ayudé con el silencio que pedían para que funcionara mejor un aparato super tecnológico de detección de movimiento entre los escombros y me comprometí a depositar algo de dinero en una de las cuentas abiertas… Casi nada comparado con lo que hicieron rescatistas, bomberos y otros voluntarios que le regalaron su vida a esa cuadra por una semana entera, esta vez.
Recordé por ellos el lema de la fundadora de la congregación encargada allá por el 1800 de recoger niñas y adolescentes desamparadas y darles un hogar y un propósito, las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Josefa María Rosello: “El corazón a Dios y las manos al trabajo” y entendí en el esfuerzo de esos seres especiales la fuerza exacta y simple de su literalidad.
Todo pasó un martes 6 de agosto de 2013… al lunes siguiente, las sirenas anunciaban que terminaba la labor de búsqueda y comenzaba una nueva etapa: la reconstrucción, bendiciéndola con las lágrimas de todos los que participaron en las tareas de rescate. A partir de ahora, cada uno tendrá que “recoger” sus propios escombros y construir a partir de eso, acompañándonos todos en nuestras respectivas soledades, con el corazón elevado a la divinidad de la creación y las manos dispuestas, creativas y laboriosas.
miércoles, 24 de julio de 2013
Días atrás me topé con esta sección de una revista de modas (una de esas que me encontré por ahí y comencé a pasar sus hojas, casi para entretener las manos más que los ojos hasta que zas! un título curioso)... "Las cosas que no le contás a nadie", esos secretos que uno comparte con uno mismo, tal vez sean esas pequeñas miserias las que nos recuerdan que somos seres imperfectos (gracias a Dios)...
No creí que ninguno de los publicados fueran secretos verdaderos de gente verdadera... hubiese sido más divertido pero la idea de que se pueda compartir con miles de personas los secretos y que al mismo tiempo nadie se entere me pareció interesante.
Pensé en mis propios secretos... no tengo tantos ni tan graves... (boring?).
Sí quiero compartir (de los compartibles sin gozar del beneficio de la clandestinidad, ja!) uno muy divertido (por ser piadosa con mi humanidad): HABLO SOLA (oh!) y a no confundir con pensar en voz alta... El "mute" a los pensamientos se lo saca cualquiera con una leve necesidad de desintoxicar "la terraza". Ponerle voz a la vocesita incesante que nos acompaña todo el día, es cosa de todos y no de locos como suele decirse. Yo estoy hablando de otra cosa.
Esto es, generar diálogos ricos con personajes diferentes que tienen cosas para decir (a veces en nuestro idioma, a veces no), que se entrelazan, que meditan, que se pelean, que se aman y se suplican... casi casi como un guión al dente, listo para ser consumido inmediatamente, efímero, que se esfuma y se olvida ni bien las notas gruesas de la voz tocan el oxígeno del aire y caen en un olvido anónimo, incapaces de ser rescatados o recordados...
Y pienso, entonces, de repente: que no escriba no quiere decir que no esté redactando permanentemente, como una trovadora de plaza en plaza, de pueblo en pueblo... el guión que flota alrededor de mi existencia, invisible, agazapado, olvidado, esperando para dar el gran golpe y apoderarse de mis ganas, de mi tiempo, de mi pluma, de mi arrojo... ;)
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